IBA A MATAR A BALAZOS A ESE PERRO CALLEJERO PORQUE CREÍ QUE LLEVABA UN ANIMAL MUERTO EN EL HOCICO. PERO CUANDO RESBALÓ EN EL LODO, LO QUE CAYÓ DE SU PELAJE EMPAPADO EN SANGRE ME DESTROZÓ EL ALMA Y ME HIZO CAER DE RODILLAS BAJO LA TORMENTA.

IBA A MATAR A BALAZOS A ESE PERRO CALLEJERO PORQUE CREÍ QUE LLEVABA UN ANIMAL MUERTO EN EL HOCICO. PERO CUANDO RESBALÓ EN EL LODO, LO QUE CAYÓ DE SU PELAJE EMPAPADO EN SANGRE ME DESTROZÓ EL ALMA Y ME HIZO CAER DE RODILLAS BAJO LA TORMENTA.

CAPÍTULO 3

Beto se dejó caer de rodillas frente al mostrador de cristal, con las manos aferradas a su propio cabello mojado, tirando de él como si quisiera arrancarse la realidad de la cabeza. Su respiración era un silbido irregular y agónico que competía con el golpeteo incesante de la tormenta contra los vidrios de la farmacia. No lloraba; estaba en estado de shock, atrapado en ese limbo espantoso donde el cerebro se niega a procesar el horror que los ojos acaban de ver.

—No, no, no, no… —repetía el muchacho, con la vista clavada en las baldosas blancas manchadas de lodo y sangre—. Valeria no. Mi hermanita no. Ella… ella solo usa ropa grande, don Mateo. Ya sabe cómo son las chamacas de ahora, usan las sudaderas aguadas, los pantalones anchos. Yo pensé que estaba subiendo un poco de peso, nada más. Me dijo que era gastritis, que por eso vomitaba en las mañanas. Me creí sus mentiras… ¡Fui un pendejo, don Mateo, soy un pendejo!

Su voz se quebró finalmente en un sollozo gutural que me rasgó el pecho. En mis años de patrullaje, vi a mucha gente quebrarse al recibir malas noticias. Vi madres desmayarse en la plancha del Semefo, vi hombres duros llorar como niños frente a la cinta amarilla de la escena del crimen. Pero el dolor de Beto tenía un matiz distinto: era el dolor de la culpa. La culpa del hermano mayor que debía proteger, que debía darse cuenta, y que había estado demasiado ciego o demasiado cansado por los turnos nocturnos para ver que el infierno se estaba gestando bajo su propio techo.

Doña Carmen se acercó a él lentamente, con la niña ya envuelta en dos toallas secas y apretada contra su pecho. La anciana se agachó con dificultad y le puso una mano temblorosa en el hombro al muchacho.

—Mijo, escúchame bien —le dijo Carmen, con una firmeza que contrastaba con su aspecto frágil—. El hubiera ya no existe. Llorar no le va a servir de nada a tu hermana ahorita. Si esta criaturita salió de sus entrañas esta misma noche, significa que Valeria está allá afuera, sangrando, asustada, y Dios sabe en qué condiciones. Tienes que pararte. Tienes que ser hombre.

Las palabras de la anciana actuaron como una bofetada de agua fría. Beto levantó el rostro, pálido y surcado de lágrimas, y asintió lentamente. Se apoyó en el mostrador para ponerse de pie, sus piernas temblando como si fueran de gelatina.

Mi mente de expolicía, atrofiada por el alcohol y los años de vigilar calles vacías, se encendió de golpe. La adrenalina desplazó el dolor de mi pierna coja. Miré el suéter manchado, luego miré a El Diablo, el perro, que seguía tirado en el suelo de loseta, respirando con pesadez, con ese tajo profundo en el lomo que seguía supurando sangre oscura.

—Beto, escúchame —le dije, agarrándolo de los hombros y obligándolo a mirarme a los ojos—. Ese corte que trae el animal no se lo hizo con una lámina ni con un alambre de púas. Eso es un machetazo limpio. Alguien lo atacó con intención de matarlo. Valeria es una niña de dieciséis años, menudita. Si acaba de dar a luz, y por cómo tiraron a la bebé, dudo mucho que haya tenido la fuerza para agarrar un machete y casi partir a un perro de cuarenta kilos por la mitad. Alguien más estaba ahí. Alguien más se encargó de deshacerse del “problema”.

Los ojos de Beto se abrieron de par en par, inyectados en sangre. La comprensión le cayó encima como una losa de cemento, y el terror en su rostro fue rápidamente reemplazado por una rabia pura y volcánica.

—Efraín… —susurró el muchacho, y el nombre sonó como una maldición en el pequeño local.

—¿Quién diablos es Efraín? —pregunté, sintiendo un nudo frío en el estómago.

—El marido de mi mamá. Mi padrastro —Beto apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Mi jefa trabaja en el turno de noche de la maquiladora textil en la carretera. Se va a las ocho de la noche y regresa hasta las seis de la mañana. Efraín es un mantenido, se la pasa tomando caguamas en la casa o en el billar de don Chuy. Siempre… siempre mira a Valeria de una forma rara. Yo me he peleado a golpes con él por eso, pero mi mamá siempre lo defiende, dice que son imaginaciones mías, que el señor nos da techo.

Sentí el sabor a bilis en la garganta. El rompecabezas más sórdido y asqueroso de este barrio se estaba armando frente a mis ojos. Un padrastro abusivo, una madre ausente por la necesidad, una adolescente aterrorizada que oculta su embarazo bajo ropa holgada, un parto clandestino en medio de la madrugada y un intento de asesinato doble: el de una recién nacida en la basura y el de un perro callejero que se atrevió a intervenir.

—¿A qué distancia está tu casa? —pregunté, recogiendo mi vieja escuadra calibre .38 del suelo. La limpié contra mi pantalón mojado y revisé el cilindro. Estaba lleno.

—A dos cuadras, subiendo por la calle de la virgen. Es la casa de block sin pintar, la del portón negro despintado.

—Bien. Vamos para allá. Ahorita mismo.

—¡No, Mateo, estás loco! —intervino Doña Carmen, abrazando más fuerte a la bebé, que había dejado de llorar y ahora dormía, agotada por la lucha titánica de sus primeras horas de vida—. Si ese animal de Efraín anda armado y anda loco, los va a matar. Tienen que llamar a la patrulla. Tienen que…

—¡Carmen, escúcheme! —la interrumpí, alzando la voz más de lo que quería—. Usted sabe tan bien como yo que si llamo a la caseta, la patrulla va a tardar al menos cuarenta minutos en subir con este clima. Y si los estatales llegan y ven el desmadre, no van a buscar a la niña primero, van a buscar a quién chingar. Para cuando quieran hacer algo, Valeria podría estar desangrada o Efraín ya se habrá largado a la sierra. Tenemos que ir nosotros.

Fui hasta la cortina metálica de la farmacia.

—Doña Carmen, usted se va a quedar aquí adentro. Voy a bajar la cortina y le voy a poner el candado por fuera. Nadie va a saber que están aquí. Si escuchan golpes o gritos, no abran. Escóndase en el cuartito de las inyecciones con la niña y con el perro. Si no regreso en una hora… si no regreso, agarre el teléfono de la farmacia y llame a la Cruz Roja, dígales que encontró a la bebé en la calle. No nos mencione a nosotros. ¿Me entiende?

La anciana me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero asintió. Su instinto maternal, ese que le había sido amputado hace cinco años cuando le robaron a su nieto, había resurgido con una fuerza feroz. Se aferró a esa niña prematura como si fuera su propia sangre.

—Que Dios me los cuide, Mateo. Traigan a esa chamaca viva.

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