CAPÍTULO 2
—¡Ayuda! ¡Por el amor de Dios, alguien ayúdeme!
Mi voz se rompió, desgarrándose en la garganta y perdiéndose entre el estruendo de la tormenta. Nunca en mis cincuenta y tantos años de vida, ni siquiera en mis peores días como policía cuando me tocaba levantar cuerpos en la carretera, había sentido un terror tan puro, tan paralizante. El llanto del bebé era apenas un gemido ahogado, un hilillo de vida que luchaba desesperadamente contra el frío de la madrugada y la crueldad de este barrio que nos devora a todos.
A lo lejos, a través de la cortina de agua, vi una sombra moverse. Era Beto. El muchacho salió corriendo de debajo de la marquesina de la farmacia, pisando los charcos sin importarle que el agua sucia le salpicara los pantalones de mezclilla desgastados. Beto apenas tiene veintidós años. Es un chavo bueno, de los pocos que quedan por aquí. Estudiaba enfermería en el politécnico hasta que a su jefe lo dejaron tendido en un fuego cruzado hace un par de años. Sin lana para seguir pagando los pasajes y los libros, Beto tuvo que dejar la escuela y meterse a cubrir el turno de noche en la farmacia de Similares. A veces, cuando a la gente del barrio no le alcanza para la consulta, él les regala muestras médicas por debajo del agua.
—¡Don Mateo! ¿Qué pasó? ¡Escuché un plomazo! —gritó Beto, llegando hasta donde yo estaba hincado. Se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos, fijos en el pequeño bulto que yo intentaba proteger con mi cuerpo de la lluvia.
—No disparé… Beto, no disparé, gracias a Dios —balbuceé, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos. Mis manos, temblorosas y torpes, intentaban envolver a la criatura en los restos de aquel suéter ensangrentado—. Es un bebé, muchacho. Alguien lo tiró a la basura.
Beto no lo dudó ni un segundo. El instinto que la vida le había negado ejercer en un hospital de verdad le brotó de golpe. Se quitó la sudadera que llevaba puesta, sin importarle quedarse en camiseta bajo el aguacero, y se arrodilló a mi lado en el lodo.
—Démelo, rápido. Se nos va a ir por hipotermia —ordenó con una voz firme que me sorprendió. Envolvió al recién nacido en su sudadera, pegándolo a su pecho para darle calor—. ¡Hay que meterlo a la farmacia, ya! ¡Muévase, don Mateo!
Me puse en pie a duras penas, mi pierna mala protestando con una punzada de dolor que me subió desde la rodilla hasta la cadera. Fue entonces cuando la vi llegar. Doña Carmen venía trotando con la respiración entrecortada, sosteniendo su rebozo sobre la cabeza. La pobre mujer se había echado a correr desde su puesto de tamales al escuchar mis gritos.
—¡Virgen purísima! ¿Qué es eso, Mateo? ¿Qué trae el muchacho? —preguntó, con el rostro pálido como el papel.
—Una criatura, Doña Carmen —le respondí, empujándola suavemente hacia la farmacia para que no se quedara bajo la lluvia—. Un angelito que dejaron para que se pudriera.
Entramos a la farmacia. La luz blanca y fluorescente del local me lastimó los ojos, pero nos devolvió a la realidad. Beto corrió detrás del mostrador, barriendo con el brazo unas cajas de paracetamol y vitaminas para hacer espacio. Acostó al bebé sobre el cristal y empezó a frotarlo con una toalla limpia que sacó del consultorio contiguo. Doña Carmen se acercó temblando. Cuando vio el cuerpecito morado y el cordón umbilical mal cortado, se llevó las manos a la boca. Yo sé lo que estaba pensando. En su cabeza, esa criatura era su nieto. Ese niño que le arrancaron de las manos hace cinco años y que lleva buscando en cada fosa clandestina, en cada ministerio público, en cada rostro de la calle.
—Traiga la lámpara del escritorio, rápido, y préndala para darle calor —le indicó Beto a la señora, quien obedeció de inmediato, moviéndose con una agilidad que sus rodillas artríticas rara vez le permitían—. Don Mateo, busque alcohol y unas gasas en aquel estante. Tengo que pinzarle bien este cordón o se nos va a desangrar.
Mientras Beto trabajaba frenéticamente, yo me quedé parado por un segundo, mirando mis propias manos. Estaban manchadas de lodo y de sangre. La sangre del bebé, pero también… la sangre de El Diablo.
El perro.
El golpe de la culpa me dio de lleno en la cara. Había dejado al animal tirado en la calle. Al perro que había escarbado en la basura, que había recibido quién sabe qué golpes o cortes, todo para arrastrar a este niño hasta nosotros. Al perro que yo estuve a una fracción de milímetro de despachar con un tiro en la cabeza porque mi prejuicio y mi amargura me dijeron que era un monstruo traga-carroña.
—Ahorita vengo —dije, con la voz ronca.
—¡No mame, don Mateo, no se salga, necesito que me ayude a sostenerlo! —me gritó Beto, pero yo ya estaba abriendo la puerta de cristal.
La calle seguía siendo un infierno de agua. Caminé cojeando hasta el charco donde había ocurrido todo. Mi revólver seguía ahí, tirado en el lodo, inútil y sucio. Lo ignoré. Mi vista se clavó en la mancha oscura que yacía a unos metros de distancia. El Diablo respiraba con dificultad. El agua le lavaba la sangre de un tajo profundo que tenía en el lomo, un corte limpio, como de un machetazo. Alguien lo había herido cuando el perro intentó sacar la bolsa de la basura. Alguien lo había visto llevarse su macabro secreto e intentó matarlo para silenciarlo.
Me arrodillé junto a la bestia. El perro levantó la cabeza pesadamente y me miró. Ya no gruñó. Sus ojos amarillos estaban opacos, cansados.
—Perdóname, muchacho —le susurré, metiendo mis brazos por debajo de su cuerpo pesado y hediondo—. Perdóname por ser un pendejo.
Apreté los dientes y, sacando fuerzas de donde no tenía, levanté los casi cuarenta kilos de músculo y lodo. El dolor en mi pierna casi me hace desmayarme, pero no lo solté. Caminé de regreso a la farmacia, pateando la puerta para abrirla.
Cuando entré, Doña Carmen dio un grito ahogado y se hizo hacia atrás, tirando un exhibidor de chicles.
—¡Mateo, estás loco! ¡Saca a esa fiera de aquí, nos va a matar! —chilló, aterrada.
—¡Este animal salvó al niño, Carmen! —le grité, mi voz resonando en las paredes del pequeño local. Acosté al perro en el piso de loseta, cerca de la entrada. El Diablo ni siquiera hizo el intento de morder. Solo dejó caer la cabeza en el suelo, soltando un suspiro agotado—. Alguien lo macheteó. Alguien que no quería que el niño se salvara.
Beto nos miró a los dos, con el bebé ahora envuelto en toallas secas bajo la luz amarilla de la lámpara. El llanto de la criatura era un poco más fuerte ahora.
—Es una niña —dijo Beto, con la voz temblando por primera vez en toda la noche—. Es una bebita, don Mateo. Ya está agarrando color. Pero necesitamos llevarla a un hospital. No tenemos incubadora, y yo no sé si trae alguna infección o daño interno.
—No podemos llamar a la ambulancia —dije, limpiándome el agua de la cara—. Aquí no entran a estas horas, y menos con este aguacero. Para cuando lleguen, si es que llegan, será de día. Y si llamo a la policía…
Me quedé callado. Sabía cómo funcionaban las cosas. Si llamaba a la patrulla de mi viejo sector, los oficiales harían mil preguntas, el ministerio público se llevaría a la niña al DIF donde terminaría siendo un número más, y a nosotros nos traerían a vueltas acusándonos de cualquier estupidez. Peor aún, en este barrio las paredes oyen. Quien tiró a la niña debe vivir cerca. Si ven llegar a las patrullas, van a saber que alguien encontró “el problema”.
Doña Carmen se acercó al mostrador, ignorando por un momento al perro. Tomó entre sus manos temblorosas los restos del suéter ensangrentado en el que venía envuelta la recién nacida. Lo desdobló lentamente bajo la luz blanca. Era de un color rojo oscuro, un guinda característico.
—Dios santo… —murmuró la mujer. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, y la piel de su rostro pareció colgar aún más pesada—. Mateo… muchacho… miren esto.
Me acerqué al mostrador, arrastrando mi pierna mala. Beto también se inclinó. En el pecho del suéter, casi borrado por la mugre y la sangre, había un logotipo bordado. Era el escudo de la preparatoria técnica del gobierno que está a unas cuadras de aquí. Pero no fue el escudo lo que nos heló la sangre a los tres. Fue el nombre bordado en letras cursivas blancas, justo debajo.
Decía: “Valeria”.
Beto soltó la gasa que tenía en la mano. Su rostro perdió todo color, transformándose en una máscara de terror absoluto. Valeria no era cualquier nombre en la colonia. Valeria era la hermana menor de Beto. Una chiquilla de apenas dieciséis años, menudita, de trenzas largas y sonrisa tímida, que siempre pasaba a dejarle la cena a la farmacia.
—No… —Beto retrocedió un paso, chocando contra el estante de los jarabes para la tos—. No puede ser. Mi hermana no… ella no estaba… yo la vi hoy en la tarde, no se le notaba nada. No, don Mateo, dígame que es un error. ¡Dígame que es de alguien más!
El muchacho se agarró la cabeza, hiperventilando. El pánico en sus ojos era el reflejo de una pesadilla que apenas comenzaba a tomar forma.
Yo me quedé mudo, con el estómago revuelto. En este barrio, los secretos se entierran profundo, pero siempre terminan flotando cuando llueve a cántaros. Alguien en la casa de Beto estaba ocultando una verdad monstruosa. Y si ese tajo en el lomo de El Diablo era la prueba de lo que yo pensaba, el peligro no estaba en la calle. Estaba mucho más cerca.
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