Beto apagó las luces principales de la farmacia, dejando solo un pequeño foco de cortesía encendido. Salimos a la intemperie. El viento aullaba, empujando la lluvia contra nuestros rostros como puñados de agujas heladas. Bajé la cortina metálica con un estruendo que fue ahogado por un trueno, y cerré el pesado candado.
—Camina detrás de mí, muchacho —le ordené a Beto, guardando el arma en la cintura de mi pantalón, bajo el impermeable, protegiéndola del agua pero manteniéndola lista para desenfundar.
El trayecto de dos cuadras pareció durar una eternidad. La calle de la virgen es una pendiente empinada, sin pavimentar, llena de zanjas y piedras sueltas que la lluvia había convertido en un río de lodo espeso y traicionero. El agua nos llegaba a los tobillos. A cada paso, mi pierna mala protestaba con latigazos de dolor que me subían hasta la base de la columna, pero apreté los dientes y seguí avanzando. Beto caminaba a mi lado, respirando por la boca, con la mirada fija en la oscuridad de la cima del cerro.
Las casas a nuestro alrededor estaban mudas, oscuras, cerradas a piedra y lodo. En este barrio, nadie escucha nada, nadie ve nada. Si hay gritos, le subes a la televisión. Si hay balazos, te tiras al piso y rezas. Es la ley de la supervivencia.
Al llegar a la esquina, un relámpago iluminó el cielo plomizo y recortó la silueta de la casa de Beto. Era una construcción a medio terminar, con varillas oxidadas asomando del techo de concreto de la planta baja. El portón negro, de lámina acanalada, estaba entreabierto, golpeando rítmicamente contra el muro de block impulsado por las ráfagas de viento.
—El portón siempre le ponemos pasador en la noche —susurró Beto, con la voz temblorosa.
Hice un gesto con la mano para que se detuviera. Saqué la escuadra. El frío del metal en mi mano derecha me dio una falsa sensación de seguridad. Me pegué a la pared mojada y me asomé por la rendija del portón.
El pequeño patio de tierra estaba convertido en un lodazal. Bajo el tejabán de lámina donde tenían un lavadero de cemento, había algo que me hizo tragar saliva. Una carretilla vieja estaba volcada, y junto a ella, esparcidas por el suelo, había bolsas de basura negras desgarradas. El suelo de cemento alrededor del lavadero tenía manchas oscuras, diluidas por la lluvia, pero inconfundibles. Había sido allí. Allí era donde el perro había encontrado a la criatura.
Entramos en silencio, pisando con cuidado para no hacer ruido en el barro. La puerta principal de la casa, una plancha de madera aglomerada hinchada por la humedad, estaba encajada, pero no cerrada con llave.
Beto no pudo aguantar más. El pánico por su hermana rompió cualquier precaución. Pasó por mi lado como una exhalación, empujó la puerta de madera con el hombro y entró gritando.
—¡Valeria! ¡Vale, ¿dónde estás?!
Entré detrás de él, apuntando con el arma hacia la oscuridad de la sala. El olor me golpeó de inmediato. Era una mezcla nauseabunda de alcohol barato, sudor, sangre cobriza y cloro, como si alguien hubiera intentado limpiar un matadero a las prisas.
La casa estaba a oscuras, iluminada solo por la luz parpadeante de un poste de la calle que se filtraba por una ventana sin cortinas. Había muebles volcados, botellas de caguama rotas en el piso de cemento pulido y una silla de plástico destrozada.
Un gemido sordo provino del fondo de un pasillo estrecho.
Corrimos hacia allá. Beto encendió la linterna de su celular. El haz de luz blanca barrió la habitación del fondo.
Lo que vi me revolvió el estómago de una forma que ni los peores crímenes del cártel habían logrado.
Valeria estaba acurrucada en un rincón de la habitación, sobre un colchón tirado en el suelo. Era apenas una niña. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, ahora empapada en sudor y manchada de sangre hasta la cintura. Estaba mortalmente pálida, temblando incontrolablemente, con los ojos hundidos y vacíos, mirando a la nada. Sus piernas estaban manchadas de rojo oscuro, y a su lado había un montón de toallas empapadas que intentaban frenar una hemorragia evidente.
—¡Hermanita! ¡Dios mío, Valeria! —gritó Beto, arrojándose al suelo junto a ella. Se quitó la camiseta mojada que llevaba debajo del impermeable y empezó a presionar desesperadamente entre las piernas de la niña, intentando detener el sangrado—. ¡Háblame, Vale! ¡Soy yo, Beto! ¡Aquí estoy!
Valeria parpadeó lentamente. Sus labios resecos se movieron, emitiendo un susurro casi inaudible.
—Beto… se la llevó… me la quitó de los brazos… me dijo que estaba muerta…
—¡Shh, tranquila, la bebé está bien! ¡Está viva, Vale, la encontramos! —lloraba Beto, abrazando el rostro de su hermana, llenándola de besos apresurados y salados—. ¡Vas a estar bien, te lo juro! Don Mateo, ¡está perdiendo mucha sangre, se me va a morir aquí!
Me acerqué, bajando el arma por un segundo, sintiendo que la desesperación me ganaba la partida. No había forma de que yo pudiera cargarla y caminar dos cuadras bajo la tormenta. Necesitábamos un vehículo, necesitábamos un médico de verdad.
Y entonces, el sonido inconfundible del acero arrastrándose sobre el cemento me heló la sangre.
El ruido venía de la puerta trasera, la que daba a un pequeño patio de servicio. Me giré bruscamente, levantando la .38, justo a tiempo para ver cómo la figura maciza y tambaleante de un hombre llenaba el marco de la puerta.
Era Efraín. Llevaba una mochila negra colgada de un hombro, y en la mano derecha empuñaba un machete de acapulco, largo y oxidado, con el filo manchado de sangre fresca. Su camisa estaba abierta, dejando ver un pecho abultado y grasiento, y sus ojos, enrojecidos por el alcohol y la locura, nos miraron con una mezcla de sorpresa y furia animal.
—¿Qué chingados hacen en mi casa? —gruñó Efraín, arrastrando las palabras, con un tufo a aguardiente que llenó la habitación—. Lárgate de aquí, Mateo. Esto no es pedo tuyo. Es un asunto de familia.
—Tira el machete, Efraín —dije, manteniendo la mira de mi pistola fija en el centro de su pecho. Mi voz sonó firme, fría, como si los diez años de retiro nunca hubieran pasado. El instinto asesino que me había obligado a dejar la placa despertó en mis entrañas, rugiendo, exigiendo justicia por la niña de la basura, por Valeria desangrándose, por el perro herido.
Efraín soltó una carcajada áspera y dio un paso hacia la habitación. La luz del celular de Beto iluminaba la hoja del machete, revelando gotas de agua y sangre mezcladas.
—¿Asunto de familia? —grité, apretando los dientes—. Tiraste a una recién nacida a la basura como si fuera desperdicio, hijo de puta. Casi matas a machetazos a un perro de la calle porque trató de sacarla. Y mira a esta chamaca… la estás dejando morir.
—¡Esa escuincla no era mía! —escupió Efraín, señalando con el machete hacia el colchón—. ¡Era una puta bastarda! Su madre no se podía enterar… si mi vieja llegaba de la maquila y veía a esta pendeja pariendo a mi… pariendo a esa porquería, me iba a echar a la calle. ¡Yo solo limpié el desorden! ¡La chamaca nació muerta de todos modos! ¡Ni lloró!
La confesión me golpeó el cerebro como un martillazo. El asco me invadió de tal forma que mis manos comenzaron a temblar. No solo la había violado sistemáticamente bajo el techo de su madre, sino que al momento del parto, le arrebató a la niña en medio de la confusión, le mintió diciéndole que había nacido muerta, y la tiró viva a las bolsas de basura del patio, donde esperaba que el camión recolector o los perros acabaran con la evidencia. Y cuando El Diablo, arrastrado por el hambre o por un instinto superior al de cualquier ser humano en esta historia, rompió la bolsa e intentó llevarse el bulto, Efraín salió y le asestó el tajo en el lomo.
Beto, al escuchar las palabras de su padrastro, dejó de presionar la herida de su hermana. Se puso de pie lentamente. Parecía que había crecido diez centímetros. La sombra que proyectaba contra la pared de block parecía la de un demonio vengativo.
—Tú… se la hiciste tú… —susurró Beto, con la voz ronca, rota. Agarró una botella rota de caguama por el cuello de vidrio y dio un paso hacia el hombre corpulento.
—¡Beto, no te metas, te va a matar! —grité, sin quitarle el ojo de encima a Efraín.
—¡Ven, pendejo! —bramó Efraín, levantando el machete—. ¡Te voy a partir en dos a ti también, y luego a la coja esta!
Efraín se abalanzó hacia adelante, levantando la hoja de metal por encima de su cabeza. El espacio era demasiado cerrado, y Beto estaba demasiado cerca, ciego de ira, a punto de ser atravesado.
No había tiempo para advertencias. No había placas, ni leyes, ni ministerios públicos en esta habitación húmeda y pestilente. Solo estábamos la bestia, la presa y el viejo perro guardián al que no le quedaba nada que perder.
Respiré hondo, planté mi bota izquierda en el charco de agua sucia del piso, ignoré el dolor punzante en la rodilla, y apreté el gatillo.
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