El Diablo se detuvo. Me miró. Sus ojos, normalmente llenos de un fuego hostil, tenían algo diferente esa noche. Había desesperación. Había un brillo salvaje que interpreté como la agresión de una bestia defendiendo su carroña. Dio un paso hacia mí, sin soltar el bulto manchado de sangre, emitiendo un sonido que parecía un lamento ahogado por la carne que llevaba en la boca.
Llevé la mano a mi cintura y desenfundé el revólver. El metal estaba frío. Quité el seguro con un “clic” que sonó más fuerte que los truenos en mi cabeza.
“Te dije que te iba a quebrar si te pasabas de la raya”, murmuré, levantando el arma con ambas manos. La mira temblaba ligeramente. Mi cojera me hacía perder el equilibrio en el lodo, pero la distancia era corta. Un tiro a la cabeza y se acababa el problema. Luego llamaría a la patrulla para que recogieran los restos de lo que fuera que ese monstruo se estaba comiendo.
El perro avanzó otro paso, más rápido esta vez. La lluvia le aplastaba las orejas. Levanté el arma, cerré un ojo y puse el punto de mira justo entre sus ojos amarillos. Comencé a presionar el gatillo. La resistencia del metal cedía bajo mi dedo. Estaba a una fracción de segundo de disparar. A una milésima de segundo de acabar con una vida.
Entonces, el cielo se iluminó con un relámpago cegador.
El trueno retumbó al instante. El Diablo, asustado por el estruendo o quizás agotado por el peso que cargaba, dio un traspié. Sus garras resbalaron en el lodo arcilloso de la calle. El animal perdió el equilibrio y cayó de costado con un aullido sordo, abriendo las fauces por inercia.
El bulto ensangrentado salió rodando por el suelo empapado, separándose de los trapos sucios y las bolsas de plástico rasgadas.
Mi dedo se congeló en el gatillo. El perro no hizo por recuperar su presa; simplemente se quedó tirado en el lodo, jadeando, sangrando del lomo, mirándome fijamente.
Bajé el arma lentamente. La linterna temblaba en mi mano izquierda. Di un paso al frente, el lodo chupando mis botas. La luz barrió el suelo hasta iluminar el bulto que había rodado hasta un charco junto a la banqueta.
No era el cadáver de un gato. No eran los restos de un animal del rastro.
Lo que cayó de su pelaje empapado en sangre me dejó paralizado bajo la lluvia.
La bolsa de plástico negro se había rasgado por completo. Dentro, envuelto en un suéter escolar manchado de un rojo oscuro y viscoso, había un cuerpo diminuto. Piel pálida, casi translúcida por el frío. Un cordón umbilical mal cortado, enredado entre las piernas.
Era un bebé. Un recién nacido.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El aire abandonó mis pulmones como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. El arma se me resbaló de los dedos y cayó al lodo con un golpe sordo. Caí de rodillas. El agua sucia de la calle me empapó los pantalones, pero no sentí el frío. Solo podía ver esa pequeña mano, manchada de sangre y lodo, apretada en un puño diminuto.
“Dios mío…”, susurré, incapaz de articular otra palabra.
Me arrastré por el lodo hasta el charco. Mis manos, ásperas y callosas de tantos años de cargar un arma y empuñar una macana, temblaban violentamente al acercarse al cuerpo inerte. Estaba morado. Estaba helado. El perro se había acercado arrastrándose y le estaba lamiendo suavemente el rostro al recién nacido, quitándole el lodo de la nariz con una delicadeza que desafiaba su apariencia de monstruo.
El Diablo no lo había cazado. El Diablo lo había sacado de la basura. Lo había salvado de morir ahogado en las bolsas donde alguna bestia humana lo había tirado.
Acerqué mi oreja al pecho del bebé. Entre el rugir de la lluvia y los ladridos lejanos de otros perros, busqué un sonido. Un latido. Un suspiro. El silencio de ese pequeño pecho me partió el alma en mil pedazos. Yo había estado a punto de matar a la única criatura en este maldito infierno que había tenido compasión esta noche.
De repente, un roce débil contra mi mejilla. El cuerpecito se arqueó en un espasmo. Y entonces, como si desafiara al aguacero, a la miseria de la colonia y a mi propia ceguera, un llanto agudo y rasposo rompió la noche. Estaba vivo.
Grité. Grité pidiendo ayuda con una voz que no reconocí como mía.
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