—Una muchacha muy buena. Se llama Mariana. Es maestra en una primaria por Tacuba. Vive por aquí cerca. Vio que estaba temblando y me prestó su abrigo. Así nomás. Como si todavía existiera gente así.
Mauricio ayudó a su madre a ponerse de pie y la llevó al coche. Encendió la calefacción al máximo. Ninguno habló durante un rato.
Ya frente al condominio, antes de que doña Lupita bajara, él hizo una pregunta que venía acumulándose desde hacía meses, quizá desde años.
—Mamá… ¿te sientes sola?
Ella miró por la ventana, hacia los árboles oscuros y la banqueta mojada.
—A veces, hijo. Pero no porque me falte gente. Porque me falta tiempo contigo.
La frase le cayó encima más pesado que cualquier reproche. Doña Lupita no lo dijo para culparlo. Lo dijo con ternura, y eso dolió todavía más.
Aquella noche Mauricio no pudo concentrarse en nada. Encendió la televisión sin verla. Respondió mensajes sin leerlos. Se quitó la corbata, aflojó el primer botón de la camisa y se quedó sentado en la sala con la imagen clavada en la cabeza: una joven temblando de frío mientras cubría a su madre con su único abrigo.
A la mañana siguiente canceló todas sus juntas.
Su asistente casi se ahogó del otro lado de la llamada cuando lo oyó decirlo, pero él no le dio tiempo a discutir. Pasó por doña Lupita a las diez, con el abrigo doblado en el asiento trasero, y regresaron juntos a la placita.
Esperaron media hora.
Luego cuarenta minutos.
Doña Lupita hablaba de tonterías para disimular la esperanza; Mauricio fingía mirar el celular, aunque en realidad observaba cada persona que cruzaba la plaza.
Hasta que la vieron.
Mariana apareció por el sendero con una bolsa del súper y el mismo suéter gris del día anterior. Al verlos, se detuvo sorprendida.
—Doña Lupita —dijo sonriendo.
—¡Mariana, mi niña! Qué bueno que te encontramos.
Doña Lupita le tendió el abrigo. Mariana lo recibió con alivio, pero también con esa incomodidad dulce de la gente que ayuda sin querer ser celebrada.
—Gracias por lo de ayer —dijo Mauricio, extendiéndole la mano—. Soy Mauricio, su hijo.
Ella estrechó su mano con timidez.
—Mucho gusto.
—Te vi desde el coche —añadió él—. Vi lo que hiciste por mi mamá.
Mariana bajó la mirada, un poco apenada.
—No fue nada. Tenía mucho frío.
—Justamente. Sí fue algo.
Doña Lupita, que era muchas cosas pero nunca tonta, intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.
—¿Ya desayunaste, Mariana?
—No, apenas iba a comprar algo.
—Entonces no se diga más. Vamos a la panadería.
Mariana quiso negarse. Mauricio insistió. Al final fueron los tres.
En aquella panadería pequeña de la esquina, entre olor a café de olla, pan dulce y mantequilla derretida, pasó algo que Mauricio no esperaba: se sintió en paz.
Mariana habló de su trabajo en la escuela. De sus alumnos inquietos, de las libretas mal forradas, de los niños que llegaban sin desayunar, de cómo a veces tenía que inventar juegos con dos hojas y un lápiz porque el presupuesto no alcanzaba para más. Hablaba sin amargura. Sin presumir sacrificios. Como quien cuenta su vida tal cual es.
Mauricio la escuchó fascinado.
No por idealizarla, sino porque en ella había una clase de claridad que hacía mucho no encontraba en nadie. Mariana no medía cada palabra para sonar importante. No usaba el dolor como moneda ni la bondad como espectáculo. Era, simplemente, buena. Y esa clase de gente ya casi no se veía.
Antes de irse, Mauricio preguntó:
—¿Pasas seguido por la placita?
—Casi diario —respondió Mariana—. Camino de la escuela a mi departamento.
—Tal vez nos volvamos a encontrar, entonces.
Ella sonrió.
—Tal vez.
Y se fue.
Durante las semanas siguientes, el “tal vez” se convirtió en costumbre.
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