La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…
La distancia entre la vida y la muerte fue de menos de un centímetro.
Eso fue lo único que separó la charola de copas que cayó al suelo de la bala que habría atravesado el corazón del hombre más temido de la Ciudad de México.
La mayoría de las personas corre cuando ve un arma. La mayoría grita cuando estalla el cristal.
Pero aquella noche lluviosa de octubre, Mía Linares no corrió.
Vio primero el punto rojo.
Era martes 14 de octubre de 2024. En el piso cuarenta y dos de la Torre Obsidiana, en pleno Paseo de la Reforma, el aire del restaurante VIP olía a dinero viejo, orquídeas vainilla y cansancio. Para Mía, sobre todo, olía a cansancio. Llevaba nueve horas de pie, con unos zapatos negros baratos que le apretaban tanto los dedos que sentía el dolor hasta la rodilla. No debía estar atendiendo la zona exclusiva. Ese espacio solía reservarse para meseras que parecían modelos, no para una mujer flaca, morena y agotada que sobrevivía con tres trabajos y las deudas médicas de su madre acumuladas sobre la mesa de la cocina.
Pero una compañera se reportó enferma y el gerente, un hombre sudoroso llamado el señor Barbosa, la señaló con el dedo.
—No hables si no te hablan. Y no la vayas a regar. Mesa cuatro llega en cinco minutos.
Mía no protestó. Tenía la renta vencida y el asilo donde cuidaban a su madre no esperaba explicaciones.
A las ocho y cuarto, las puertas del elevador se abrieron y el ambiente del restaurante cambió. No fue algo sutil. Fue como si el oxígeno se hubiera retirado del lugar para abrirle paso a un solo hombre.
Gabriel Montiel.
Aunque uno no leyera periódicos ni siguiera los rumores del bajo mundo capitalino, conocía ese nombre. A sus treinta y cuatro años, Gabriel dirigía el consorcio Montiel, una organización que oficialmente se dedicaba a logística, construcción y seguridad privada, y extraoficialmente a muchas cosas que nadie se atrevía a enumerar en voz alta. La gente decía que controlaba rutas, puertos secos, sindicatos y silencios.
No parecía un criminal. Parecía un príncipe al que le habían enseñado a matar antes de enseñarle a sonreír.
Llevaba un traje gris oscuro de tres piezas, impecable, cabello negro peinado hacia atrás y una mirada color café quemado, fría y precisa. Lo acompañaban dos hombres. Uno, enorme, con hombros como pared, se llamaba Elías. El otro, delgado, elegante y con una sonrisa que nunca le llegaba a los ojos, era Nicolás Varela, su mano derecha.
Mía se acercó con la charola temblándole apenas.
—Agua mineral —ordenó Nicolás sin mirarla—. Y abra el Barolo del noventa y ocho en la mesa.
—Sí, señor.
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