La llevaron a una propiedad escondida en el bosque, a las afueras de Valle de Bravo. Una fortaleza de cristal, concreto y silencio.
Le quitaron el celular. La revisó una mujer que parecía más soldado que ama de llaves. Después la condujeron a un despacho enorme donde Gabriel, ya sin corbata y con la camisa salpicada de sangre, servía whisky junto a una chimenea.
—Bebe —dijo, ofreciéndole un vaso.
—Quiero irme a mi casa.
—No puedes volver a tu casa. El que falló el disparo falló por tu culpa. Eso te convierte en un cabo suelto.
Mía sintió que le flaqueaban las piernas.
—Entonces soy una prisionera.
—Eres una invitada con vigilancia reforzada.
Él se acercó y se puso en cuclillas frente a ella.
—¿Por qué lo hiciste?
—Ya se lo dije.
—No. —Su voz bajó—. Arriesgaste la vida. ¿Por qué?
Mía apretó los puños.
—Porque mi papá murió en medio de una balacera cuando yo tenía seis años. Iba saliendo de una tienda. Nadie lo empujó. Nadie le gritó que se tirara. Vi el punto en su pecho y no pude… no pude dejar que volviera a pasar.
Gabriel la observó largo rato, buscando mentira donde solo había memoria. Al final llamó a Nicolás.
—Prepárale una habitación en el ala de invitados. Que la vea un médico. Nadie entra ni sale sin mi permiso.
Nicolás dudó un segundo. Fue mínimo, pero Mía lo notó.
—¿Ni siquiera yo?
Gabriel giró la cabeza con lentitud.
—Ni siquiera tú.
Aquella noche, Mía no durmió. Oyó voces en el pasillo. Elías y Nicolás discutían en voz baja. Elías insistía en que alguien dentro del círculo había dado la ubicación de Gabriel. Nicolás quería que cualquier detalle que Mía recordara le fuera comunicado primero a él.
Ese “primero” le heló la espalda.
A la mañana siguiente, Gabriel la esperaba en un solario de cristal con desayuno servido y una pistola sobre la mesa, como si ambas cosas pertenecieran a la misma categoría. Le devolvió otro teléfono, no el suyo.
—Ya hablé al asilo de tu madre. Sus gastos están cubiertos por un año.
Mía lo miró sin entender.
—¿Por qué?
—Porque pago mis deudas. Y porque vas a ayudarme.
Frente a ella proyectó el plano del restaurante. Explicó lo que sus hombres no habían entendido: el láser no era error de un novato, sino señuelo. Querían obligarlo a moverse en una dirección específica, hacia la línea de fuego de un segundo tirador.
Mía completó la idea antes de que él la terminara.
Gabriel la observó con interés real por primera vez.
—Tienes ojos que ven patrones. Mis hombres ven objetivos. No es lo mismo.
Le explicó que esa noche habría una reunión con varias familias del negocio en una galería subterránea de la colonia Juárez. Necesitaba llevarla consigo.
—¿Como qué? ¿Como testigo?
—Como mi prometida.
Mía casi se atragantó.
—¿Perdón?
—Es el disfraz perfecto. Si creen que eres una distracción bonita, no cuidarán sus gestos delante de ti.
—Yo era mesera ayer.
—Hoy eres un punto ciego.
La vistieron con un vestido verde esmeralda de seda, con una abertura escandalosa en la pierna y unos aretes que pesaban más que todo lo que ella tenía en su departamento. Gabriel, impecable en esmoquin, la condujo con una mano firme en la cintura.
—Sonríe —murmuró él para las cámaras.
—Te odio —susurró ella sin despegar los labios.
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