La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

Gabriel ni siquiera volteó. Miraba la ciudad a través del ventanal lleno de lluvia, como si el mundo entero le debiera una respuesta que aún no llegaba.

Durante la siguiente hora, Mía se movió como un fantasma. Llenó copas, cambió platos, retiró cubiertos y trató de hacerse invisible. Los hombres hablaban en voz baja de embarques, permisos, sindicatos y un problema en Toluca. Ella no escuchaba por curiosidad; escuchaba porque había crecido en casas de acogida, y la gente que sobrevive así aprende a leer una habitación antes de cruzarla.

A las nueve con dos minutos, sucedió.

Mía se acercaba con el menú de postres cuando Gabriel se recargó en el respaldo del reservado y aflojó el saco. En el reflejo del ventanal, detrás de él, ella notó un brillo mínimo, rítmico, antinatural. No era la ciudad. No era un faro. No era un semáforo.

Entonces lo vio.

Un punto rojo, fijo, inmóvil, justo sobre la camisa blanca de Gabriel, encima del corazón.

El tiempo no se detuvo. Se estiró.

Mía calculó sin saber que estaba calculando: el reflejo en el vidrio, el edificio de enfrente, la altura, el ángulo.

Francotirador.

Gabriel levantaba la copa. Si se inclinaba apenas, quizá la bala fallaría. Pero no se inclinó. Permaneció quieto.

Mía no pensó en su madre, ni en la renta, ni en lo que significaba tocar a un hombre como Gabriel Montiel. Soltó el menú y gritó desde algún lugar primitivo de su cuerpo:

—¡Agáchese!

Se lanzó sobre él con toda su fuerza.

No fue un empujón elegante. Fue un impacto brutal. Su hombro se clavó en el pecho de Gabriel y ambos cayeron hacia atrás en el exacto instante en que el ventanal explotó.

El estruendo sacudió el salón. La bala atravesó la mesa de madera donde un segundo antes había estado el torso de Gabriel y lanzó astillas, cristal y vino por todas partes. La gente gritó. Elías ya tenía el arma fuera. Nicolás tumbó la mesa para cubrirlos.

Mía quedó encima de Gabriel, respirando contra su cuello, sintiendo el olor a sándalo, pólvora y peligro. Cuando levantó la cara, vio los ojos de él abiertos de par en par. La calma aburrida había desaparecido; ahora había algo mucho peor: concentración absoluta.

Gabriel le tocó la sien. Sus dedos salieron manchados de sangre.

—Estás herida.

—Vi… vi un punto rojo —balbuceó ella—. En su camisa.

Elías tiró de Gabriel para levantarlo. Nicolás hablaba a gritos por radio. Todo era caos.

Pero Gabriel no soltó la muñeca de Mía.

—Ella viene con nosotros.

—Jefe, es una civil —gruñó Elías—. Tenemos que movernos.

—Vio al tirador. Viene con nosotros.

Mía no tuvo opción. La arrastraron por la salida de servicio, la bajaron por una escalera de emergencia y la metieron en la parte trasera de una camioneta blindada. Cuando arrancaron bajo la lluvia, ella volteó una última vez hacia la torre. Su vida normal —pobre, cansada, miserable, pero suya— desapareció en ese instante.

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