—Perfecto. Hazlo con glamour.
La galería era concreta, fría y hostil. En torno a una mesa de acero esperaban varios jefes. Don Tadeo Rossi, enorme y sudoroso, con ojos de tiburón. Un británico llamado Adrián Thorne. Un representante ruso apodado Volkov. Y, detrás de Gabriel, Nicolás.
Mía bebió champaña y fingió aburrimiento. Pero observaba.
Volkov golpeaba el vaso con un ritmo repetido. Nicolás no vigilaba el perímetro; vigilaba a Volkov. Bajo la mesa, Mía vio la punta de un portafolio negro que no estaba allí al principio. Lo entendió en un segundo.
Se inclinó hacia Gabriel como si fuera a besarlo.
—El ruso le da señales a Nicolás. Hay un maletín bajo tu silla.
Gabriel no preguntó. Se puso de pie.
—Me harté de este vino.
Las luces se apagaron de golpe.
Estalló una lluvia de balas.
Gabriel tiró a Mía al suelo y rodaron detrás de una escultura de bronce mientras el salón se convertía en guerra. Elías peleaba cerca de la salida. Nicolás gritó “¡ahí están!” y en ese instante se confirmó la traición.
Pólvora. Gritos. Metal. Cristal.
—Estamos atrapados —jadeó Mía.
Entonces vio, al fondo, junto a la terraza, dos calefactores de gas y los tanques de propano.
—Dame tu arma.
—¿Qué?
—¡Dámela!
Gabriel le pasó una pistola de respaldo.
Mía disparó al tanque. Falló. Gabriel cubrió su cabeza mientras seguía disparando. Ella respiró, corrigió el ángulo y volvió a jalar el gatillo.
Esta vez el gas siseó.
—Ahora el calefactor —gritó.
Gabriel entendió de inmediato. Un disparo certero y el aire se convirtió en fuego.
La explosión abrió parte del muro lateral. Sonaron las alarmas y los rociadores empaparon el infierno. Gabriel tomó a Mía por la cintura y ambos huyeron entre humo, agua y caos.
Llegaron a un callejón tres cuadras más allá. Allí, por fin, Gabriel se desplomó.
Mía vio la sangre en su costado y sintió que el mundo se le venía encima.
—No. No, no, no…
Le presionó la herida con ambas manos. Gabriel apenas pudo sonreír.
—Volaste una galería de arte —susurró con admiración absurda.
—Improvisé —sollozó ella.
—No confíes… en Nicolás… ni en nadie…
Y se desmayó.
Mía llamó al número de emergencia que él le había dado. Un médico clandestino llamado Víctor llegó en una furgoneta gris y lo operó en una clínica escondida bajo una lavandería del barrio de la Guerrero. Durante horas, Mía se quedó sentada viendo el monitor del pulso, temiendo cada silencio.
Cuando Gabriel despertó, al amanecer, la encontró dormida en una silla con la mano todavía sobre su antebrazo.
—¿Sigues aquí? —murmuró él.
Mía abrió los ojos de golpe y soltó una risa quebrada.
—Planeaba robarte el reloj, pero decidí esperar a que despertaras.
Él alzó la mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Me salvaste otra vez.
Mía quiso bromear. Quiso hacerse la dura. Pero no pudo.
—No te me mueras, ¿sí?
Hubo un silencio espeso.
—Mía —dijo él muy bajo—. Quédate conmigo.
Ella supo que ya era tarde. Se estaba enamorando del peor hombre posible.
Los siguientes días les trajeron noticias negras. Nicolás había tomado el control. Había difundido que Gabriel estaba muerto y convocado una cumbre para consolidar su poder en el penthouse de Reforma. Elías apareció muerto en un canal. Los leales fueron purgados.
—Voy a matarlo —dijo Gabriel, todavía pálido, intentando levantarse de la cama.
—Tú no puedes ni caminar sin hacer cara de sufrimiento —replicó Mía.
Agarró un plumón y dibujó el penthouse en una pizarra.
—No vamos a entrar como soldados. Vamos a entrar como invisibles.
Consiguió uniformes de catering, cambió el color de su cabello, se puso lentes gruesos y se convirtió en una empleada más del servicio. Nadie mira a una mesera. Nadie recuerda a la mujer que sostiene una charola.
En la fiesta del falso rey, Nicolás brindaba con el traje favorito de Gabriel puesto sobre el cuerpo, como si la ropa pudiera darle autoridad.
Mía se movió entre los invitados con la cabeza baja. Cuando un mesero tiró un plato, aprovechó la distracción, se metió tras la barra y conectó un USB con un virus que apagó cámaras y sensores. Luego dio la señal.
Minutos después, las puertas del elevador de servicio se abrieron.
Gabriel Montiel entró en el salón como si regresara del infierno y le perteneciera también.
El silencio fue total.
Nicolás quedó blanco.
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