No 42 años de lealtad que valieran algo, 8 días o la calle. Consuelo bajó la cabeza y dijo, “Sí, señora.” con la misma voz de siempre, la voz aprendida, la voz que no revela nada, que guarda todo, que ha practicado tanto la resignación que ya la usa sin pensarlo. Pero por dentro, por dentro algo se partió definitivamente o tal vez algo por fin se soltó. De regreso al jacal, cojeando sobre el camino de polvo, Consuelo se detuvo frente a la estampita de la Virgencita pegada con cinta en el marco de la puerta.
No te pido que me sanes rápido murmuró en voz muy baja. Te pido fuerza para lo que sigue, para aguantar sin perder lo que me queda de dignidad. Que no se me acabe eso, eso es lo único que te pido. Y siguió caminando. Esa misma noche, mientras Lucero le ponía paños fríos en la rodilla inflamada, la chamaca se entretuvo examinando el colchón de cerca, como hacen los jóvenes con cualquier cosa que les genera curiosidad. La tela vieja estaba desilachada en las esquinas.
El relleno no seía parejo. En algunas partes era blando, suave, pero en otras había bultos, duros, irregulares, como si alguien hubiera cocido adentro algo que no era relleno. Abuela, dijo Lucero muy despacio, ¿no le parece raro este colchón? Todo lo que viene de esa casa es raro, mija. No, en serio, abuela. Sienta aquí con la mano. Consuelo metió la mano bajo la tela suelta de una esquina descoscida y sus dedos tocaron papel. Papel grueso, papel que crujía de una manera muy específica, de una manera que los dedos reconocen antes que la mente.
Las manos le empezaron a temblar solas. Con cuidado jalaron la tela vieja. La costura se dio sin resistencia, como si también estuviera cansada de guardar el secreto. Y entonces el primer fajo apareció. Billetes, billetes viejos, algunos amarillentos de tiempo, otros más recientes, todos amarrados con ligas de ule que los años habían vuelto frágiles. Un fajo, dos fajos, cinco. Consuelo no gritó. No lloró. Se quedó sentada en el suelo del jacal con dinero en las manos, mirándolo como se mira una visión, como si Diosito le estuviera mostrando algo que su mente todavía se negaba a procesar.
Sigue, abuela”, susurró Lucero, con voz de quien ya presiente algo enorme y le da miedo nombrarlo. Abrieron el colchón de esquina a esquina con cuidado, con manos que no dejaban de temblar. No había relleno de ule espuma, no había guata ni algodón. El colchón entero estaba forrado de fajos de billetes escondidos entre capas delgadas de tela para que desde afuera se sintiera como cualquier colchón viejo y olvidado. Era un escondite construido con precisión, un banco clandestino con forma de mueble que nadie desearía robar.
Leave a Comment