Era lo más triste de todo, que personas como ella aprendían a celebrar las migajas, que el cuerpo se acostumbraba también al dolor que cuando faltaba ya no sabía qué hacer con el alivio. “Diosito”, susurró mirando el techo de lámina. “Ya sé que me tienes en tus manos. No te pido riqueza, no te pido venganza, solo te pido que cuides a Lucero, que ella no tenga que doblar el lomo como yo lo doblé. Que ella no le tenga que llamar patrón a nadie.
Eso es todo lo que te pido. La Virgencita en la repisa de adobe la miraba en silencio con esa sonrisa suya que nunca cambia y que en las noches más oscuras parece susurrar una sola palabra: espera. Tres días después llegó el golpe. Consuelo estaba en la pila exterior lavando la ropa de la semana cuando le fallaron las rodillas. No hubo aviso, no hubo señal, simplemente se dobló como rama seca que ya no puede aguantar el peso del viento.
Después de demasiadas tormentas, se golpeó la rodilla derecha contra el borde de cemento de la pila y cayó de lado, empapada, con el jabón todavía en la mano, respirando entre dientes, mientras el dolor le trepaba por la pierna como lumbre viva. Las otras trabajadoras de la hacienda se miraron entre ellas sin moverse, porque ayudar podía interpretarse como tiempo perdido. Y el patrón siempre estaba mirando, aunque no estuviera. Fue lucero quien vino corriendo desde la cocina al escuchar el golpe sordo.
Abuelita se hincó a su lado con los ojos llenos de agua. Se lastimó. No es nada, dijo Consuelo. Aunque el temblor en la voz lo decía todo, pero sí era algo. La rodilla se inflamó como una naranja en pocas horas. El médico del pueblo, al que fueron a pie porque no había dinero para el camión, dijo que era una fisura, que tenía que guardar reposo por lo menos dos semanas. Dos semanas sin trabajar, dos semanas sin pago.
Al día siguiente, doña Perfecta la mandó llamar. Estaba en la galería de siempre, abanicándose con su abanico de Carey, como si el calor fuera un agravio personal que alguien debía resolver. “Consuelo”, le dijo sin mirarla de frente. Ya sabe que aquí no podemos tener gente que no rinda. Si en 8 días no puede volver a sus actividades completas, voy a tener que buscar a alguien más. Hay mucha gente necesitada que sí puede trabajar. 8 días. No cuídese, no descanse bien.
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