Dios se lo pague. ¿De dónde vienes? Preguntó Lucía. Del norte. Me deportaron. Estoy tratando de llegar al pueblo de mi madre, pero está dos días de camino todavía. No he comido en tres días. Lucía sintió una punzada en el pecho tres días sin comer. Ella al menos había comido esa mañana. Sin pensarlo dos veces, entró a su choza y tomó una de las dos tortillas que le quedaban. Salió y se la extendió al joven.
Toma, no es mucho, pero es lo que tengo. El joven miró la tortilla y luego a ella. Vio la pobreza de la choza, el patio vacío, la tierra seca. No puedo aceptarla, señora. Usted también la necesita. Tú la necesitas más. Anda, tómala. El joven tomó la tortilla con manos temblorosas. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sucias. No sabe lo que esto significa para mí. Sé exactamente lo que significa”, respondió Lucía con una sonrisa triste.
El joven comió despacio saboreando cada bocado. Cuando terminó, se limpió las lágrimas. Que Dios la bendiga, señora. No lo olvidaré nunca. se levantó con esfuerzo, se echó el morral al hombro y siguió su camino. Lucía lo vio alejarse hasta que desapareció en la curva del camino. Luego entró a su choza y miró la única tortilla que quedaba sobre la mesa. Bueno, señor, dijo en voz alta, si me querías probar, ya lo hiciste. En ti lo que tenía.
Ahora tú verás qué haces conmigo. Se sentó en su petate y cerró los ojos. No sabía si era fe o resignación, pero una extraña paz la envolvió. Esa tarde, mientras Lucía descansaba bajo la sombra de un mezquite seco, escuchó ruido de un motor. Abrió los ojos sobresaltada. Por el camino venía una camioneta vieja levantando polvo. Los vehículos nunca subían hasta su rancho. No había razón para hacerlo. La camioneta se detuvo frente a su choza.
Bajó un hombre mayor con sombrero de palma y botas gastadas. Buenas tardes, señora. ¿Usted es Lucía? Ella se levantó confundida. Sí, soy yo. ¿Qué se le ofrece? El hombre sonríó. Vengo de parte de don Esteban, el dueño del rancho grande del Valle. Dice que necesita gente para la cosecha de café que empieza la próxima semana. Están pagando bien y dando comida. Lucía lo miró sin entender. ¿Y por qué me busca a mí? Yo ya estoy vieja para esos trabajos.
Don Esteban no me mandó por usted, sino por un muchacho que le dijeron que vivía por aquí. Pero ya que estoy, le pregunto, ¿conoce a alguien que necesite trabajo? Lucía negó con la cabeza. Aquí no vive nadie más que yo. El hombre se rascó la cabeza. Qué raro. Me dijeron que subiera hasta la última casa del camino. Se quedó pensativo un momento. Luego miró a Lucía. Oiga, aunque el trabajo es pesado, también necesitan a alguien que cocine para los trabajadores.
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