Esta es la historia de una campesina que lo había perdido todo, sus cosechas, su hogar y hasta las ganas de seguir. Sin saberlo, compartir su última tortilla con un desconocido desataría el milagro que Dios ya tenía listo para ella. En un rancho perdido entre las montañas vivía una mujer de 60 años llamada Lucía. Esa mujer vivía sola en una choza de adobe con techo de láminas. La sequía había matado sus gallinas, secado su milpa y acabado con su único burro.

En su cocina solo quedaban tres tortillas duras y un puño de frijoles. Era todo lo que tenía entre ella y el hambre. Esa mañana Lucía despertó con el estómago vacío y el corazón más vacío todavía. Miró las tortillas sobre la mesa y pensó, “Con esto comeré hoy. Mañana ya veré qué hago.” Se sentó en el piso de tierra y calentó una tortilla en el comal de barro sobre las brasas casi apagadas. No tenía ni sal para darle sabor.

La comió despacio, saboreando cada bocado como si fuera el último. Cuando terminó, miró las dos tortillas que quedaban, una para hoy en la noche, otra para mañana. Después de eso, “nada.” “¡Dios mío!”, murmuró mirando el techo agujereado. “Si es tu voluntad que me vaya contigo, que sea rápido. Ya no tengo fuerzas para seguir así.” No esperaba respuesta. Hacía mucho que había dejado de esperar. Se levantó con dificultad, sus rodillas crujieron. Salió al patio donde el sol ya pegaba fuerte, aunque apenas eran las 8 de la mañana.

Miró hacia el camino polvoriento que bajaba de la sierra. No pasaba nadie. Nunca pasaba nadie. Pero ese día algo era diferente. A lo lejos, caminando despacio bajo el sol inclemente, venía una figura. Era un hombre joven, delgado, con ropa raída y descalzo. Cargaba un morral al hombro y caminaba encorbado, como si cada paso le costara la vida. Cuando llegó frente a su choza, el joven se detuvo. Tenía la cara quemada por el sol, los labios agrietados, los ojos hundidos.

Disculpe, señora, dijo con voz ronca. ¿Podría darme un poco de agua? Lucía lo miró. Reconoció en sus ojos el mismo cansancio que ella sentía, el mismo abandono. Pasa, hijo, siéntate a la sombra. Lucía entró a su choza y sacó una jícara con agua de su tinaja. Era poca el agua que le quedaba, pero no podía negarle a alguien que claramente la necesitaba más que ella. El joven bebió desesperado. Cuando terminó, respiró hondo. Gracias, señora.