Nadie sabía que estaba durmiendo en el almacén de la empresa para evitar pagar el transporte… Entonces el millonario se enteró y…

Nadie sabía que estaba durmiendo en el almacén de la empresa para evitar pagar el transporte… Entonces el millonario se enteró y…

—¿Qué casa?

—La de mi madre.

—¿Y por qué no puede volver?

Camila lo miró con rabia.

—Porque mi padrastro bebe. Porque cuando bebe golpea. Porque la última vez me rompió dos costillas y mi madre se quedó callada. ¿Eso responde su pregunta, señor Ibarra?

El silencio que siguió fue distinto. Más pesado. Más humano.

Alejandro la observó con una expresión que Camila no supo interpretar. Parecía un hombre peleando contra algo dentro de sí mismo.

—No puede seguir durmiendo aquí —dijo al cabo.

Camila asintió. Ya lo esperaba.

—Voy a recoger mis cosas.

—No dije que la iba a despedir.

Ella levantó la vista de golpe.

—¿No?

—No. Pero tampoco voy a permitir que siga durmiendo en el depósito. Es peligroso para usted y un riesgo para la empresa.

Camila soltó una risa seca.

—Qué alivio. Entonces dormir en la calle será mejor opción.

Alejandro se tensó. Sabía que ella tenía razón y eso lo incomodó.

—Deme un día —dijo—. Voy a pensar en algo.

—No necesito caridad.

—No es caridad.

—Claro que sí. La caridad siempre viene con factura.

Él la miró largo rato.

—Aun así, déme un día.

Y se fue.

Camila se quedó quieta unos segundos, sin saber si acababa de recibir una bendición o el comienzo de una nueva desgracia.

Ese día trabajó como si nada hubiera pasado. Escaneó, cargó cajas, revisó pedidos, corrigió errores que nadie más veía. Era rápida, precisa, incansable. Llevaba seis meses en la empresa y nunca había faltado ni una vez. Nadie sabía que cada turno lo trabajaba con hambre y con sueño.

A la hora del almuerzo se escondió en el baño de mujeres, como siempre. Sacó de la mochila dos tortillas enrolladas con un pedazo de queso duro y empezó a comer despacio, para engañar al estómago.

La puerta se abrió.

Camila se quedó quieta.

Los pasos se detuvieron frente a su cubículo.

—Camila —dijo la voz de Alejandro—. Necesito hablar con usted.

Abrió la puerta con la rabia encendida en las mejillas.

—No puede estar aquí. Es el baño de mujeres.

—Me aseguré de que estuviera vacío.

Sus ojos bajaron un instante hacia las tortillas.

Camila se enderezó de inmediato, como si pudiese ocultar la pobreza con postura.

—¿Qué quiere?

Alejandro sostuvo su mirada.

—Encontré un departamento.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—Pequeño. Amueblado. A quince minutos caminando de aquí. La empresa puede rentarlo como prestación laboral. Usted solo pagaría servicios. Nada más.

Camila lo miró como se mira una puerta que puede ser salida o trampa.

—¿Y cuánto me va a costar de verdad?

—Nada más que la luz, el agua y el gas.

—No existen cosas así para la gente como yo.

—Entonces deberían existir.

Ella dio un paso hacia él, endurecida.

—¿Por qué? ¿Porque ahora se siente culpable? ¿Porque descubrió que una de sus empleadas duerme en el piso y quiere arreglar su conciencia con un gesto bonito?

Alejandro no se defendió enseguida. Bajó la vista un momento y cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.

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