Nadie sabía que estaba durmiendo en el almacén de la empresa para evitar pagar el transporte… Entonces el millonario se enteró y…
—Hay alguien aquí —dijo.
No preguntó. Afirmó.
Camila no respondió. Se quedó inmóvil, rezando.
—Sé que hay alguien. Salga ahora o llamo a seguridad.
La derrota le cayó encima como agua helada.
Salió despacio de entre los estantes, con la mochila en los pies y la dignidad hecha pedazos.
Alejandro Ibarra se quedó inmóvil al verla.
Sus ojos recorrieron el uniforme, el cabello revuelto, la mochila pequeña, el miedo en su rostro. Y en esa mirada no hubo desprecio, ni burla. Solo desconcierto.
—¿Quién es usted? —preguntó con voz controlada—. ¿Qué hace aquí a esta hora?
—Trabajo aquí —respondió Camila, tragando saliva—. Soy surtidora de pedidos. Entro a las seis.
Alejandro miró su reloj.
—Son las cuatro y media.
—Llegué temprano.
Incluso ella misma notó lo mala que sonó la mentira.
Alejandro bajó la vista hacia el uniforme doblado que le había servido de manta. Luego a la mochila. Después a ella otra vez.
—Usted vive aquí.
Camila apretó la mandíbula.
—No.
—No me mienta.
Hubo un silencio corto, tenso, afilado.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó él al fin.
Camila sintió la humillación subirle por la garganta.
—Tres semanas.
Alejandro se pasó una mano por el rostro, como si necesitara tiempo para procesarlo.
—¿Por qué?
Camila levantó la barbilla. Si ya estaba perdida, al menos no iba a suplicar.
—Porque no tengo otro lugar seguro donde dormir. Porque desde Ecatepec hasta aquí son casi tres horas y ciento veinte pesos diarios. Porque si pago un cuarto no me alcanza para comer. Porque prefiero esto a volver a esa casa.
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