—Tal vez sí me siento culpable. Firmo cheques todos los meses sin preguntarme si alcanzan para vivir. Nunca bajé al depósito. Nunca vi realmente a la gente que trabaja para mí. Y eso me avergüenza. Pero no vine a comprar perdón. Vine a ofrecerle una salida.
—La ayuda se acaba —dijo Camila—. Y cuando se acaba, una se queda peor. Porque ya sabe lo que es tener techo, cama, seguridad… y perderlo.
Alejandro asintió muy despacio.
—Entiendo que no confíe.
—No. Usted no entiende.
Él la miró de frente.
—Entonces permítame empezar por algo pequeño. Solo vea el departamento. Si le parece una trampa, se va y no vuelvo a insistir.
Camila quiso decir que no. Quiso mantenerse firme. Pero una parte de ella, la parte que aún recordaba la sensación de una cama limpia, se traicionó.
—Está bien —murmuró—. Lo voy a ver.
Fueron esa misma tarde.
El edificio no era lujoso, pero estaba limpio. Había cámaras, pintura reciente, una puerta con chapa firme. El departamento era mínimo: una cama individual, una cocineta, un baño completo, una ventana con cortinas claras. Nada más.
Para Camila era un palacio.
Se acercó a la cama y pasó los dedos por la sábana. Suave. Limpia. Real.
Sintió algo quebrarse dentro del pecho.
—El contrato está a nombre de la empresa —explicó Alejandro desde la puerta—. Doce meses renovables. Mientras trabaje aquí, este lugar es suyo.
—¿Por qué? —preguntó sin volverse.
Él tardó un segundo en responder.
—Porque todos merecen dormir sin miedo.
Camila cerró los ojos. Por primera vez en meses tuvo que contener lágrimas que no nacían del dolor, sino del cansancio de haber sido fuerte demasiado tiempo.
Firmó.
Aquella noche durmió catorce horas seguidas.
Despertó sin saber dónde estaba. El techo era blanco, no metálico. La almohada era suave. Había silencio, pero no peligro. Se bañó con agua caliente y se quedó quieta bajo el vapor como si el cuerpo no supiera aún que por fin podía aflojarse.
Cuando volvió al trabajo, los rumores empezaron casi de inmediato.
Rodrigo, el supervisor, la miraba demasiado. Claudia cuchicheaba con Patricia y Mónica. El nombre del dueño se repetía en susurros que se apagaban cuando Camila pasaba cerca.
El golpe llegó en el baño, a la hora del almuerzo.
—Mira nada más —soltó Mónica con falsa dulzura—. La favorita del jefe todavía comiendo tortillas. Yo pensé que ya estaría desayunando en Polanco.
Las otras rieron.
Camila siguió guardando sus cosas, sin responder.
—Claro —continuó Mónica—, ahora entiendo por qué te subieron tan rápido. A algunas les cuesta el doble conseguir favores.
Camila levantó la vista lentamente.
—Cállate.
—¿O qué? ¿Vas a decirle a tu patrón?
La bofetada salió sola.
Seca. Exacta. Sonó como una grieta.
Veinte minutos después estaba de nuevo frente al escritorio de Alejandro, con Mónica a un lado y el moretón empezando a marcarse.
—¿La golpeó? —preguntó él, serio.
—Sí.
—¿Por qué?
Camila no dudó.
—Porque dijo que me acuesto con usted para conseguir privilegios.
Mónica abrió la boca para defenderse, pero Alejandro la detuvo con una mirada.
—¿Tiene pruebas de eso?
—Todo el mundo lo sabe…
—Los rumores no son pruebas —cortó él—. Y difamar a un compañero también viola el reglamento.
Al final, suspendió a ambas tres días sin sueldo. Mónica por difamación. Camila por agresión.
Cuando quedaron solos, Alejandro apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Debí anticipar esto.
Camila soltó una sonrisa amarga.
—Bienvenido a mi mundo. La gente siempre habla.
Él la estudió con algo parecido al cansancio y a la admiración al mismo tiempo.
—No debería tener que pelear sola todas sus batallas.
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