Nadie sabía que estaba durmiendo en el almacén de la empresa para evitar pagar el transporte… Entonces el millonario se enteró y…
A las cuatro y media de la mañana, cuando la ciudad todavía respiraba en silencio y el depósito parecía un monstruo dormido de concreto y metal, Camila Reyes abrió los ojos sobresaltada.
Había escuchado algo que no debía existir a esa hora.
El chirrido pesado de la puerta principal. Luego pasos.
Se incorporó de golpe entre los estantes de la sección de productos descontinuados, su escondite de las últimas tres semanas. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que por un instante pensó que quien venía podría oírlo. A su lado estaba la mochila pequeña donde guardaba todo lo que tenía: dos cambios de ropa, un jabón barato, un cepillo, una libreta vieja y una foto arrugada de su padre. La cobija con la que se tapaba no era una cobija, sino un uniforme gastado que había encontrado en la bodega de ropa defectuosa.
Todavía faltaba más de una hora para que llegara el primer turno.
Esa era su hora sagrada: guardaba sus cosas, se bañaba rápido en los vestidores y aparecía impecable a las seis, como una empleada más. Nadie sospechaba que dormía ahí para no gastar en pasajes, para no perder cuatro horas diarias en trayectos imposibles desde Ecatepec y, sobre todo, para no volver a la casa donde su padrastro convertía cada noche en una amenaza.
Los pasos se acercaron.
Camila se aplastó contra los estantes, alisándose la camiseta con la que había dormido. Las luces del pasillo principal se encendieron de pronto, y una sombra larga se proyectó sobre el suelo pulido.
—Sí, ya llegué —dijo una voz masculina al teléfono—. No, no hay nadie. Solo voy a revisar unas cosas antes de que empiece el turno.
No era la voz de un supervisor. No era el tono cansado de los de limpieza. Era una voz educada, segura, de alguien acostumbrado a que lo escucharan. Camila se asomó apenas entre los productos arrumbados y lo vio.
Traje gris oscuro. Zapatos impecables. Reloj brillante. Cabello peinado hacia atrás. La espalda recta de quien nunca ha tenido que encorvarse para pedir nada.
Y entonces lo reconoció.
Había visto su fotografía muchas veces en el cuadro de la entrada.
Alejandro Ibarra. Dueño de toda la operación.
Camila sintió que el alma se le iba al suelo.
Si la descubría, la despediría. Era lo lógico. Nadie quería una empleada viviendo ilegalmente entre cajas y montacargas. Y si la despedían, se acababa todo: el sueldo, la seguridad, la posibilidad de ahorrar algo, la mentira diaria que le permitía seguir respirando.
Alejandro guardó el teléfono en el saco, avanzó unos pasos hacia la oficina de supervisión y de pronto se detuvo. Frunció el ceño. Giró lentamente hacia la sección donde Camila estaba escondida.
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