A.K La mañana empezó con un olor extraño a perfume caro… un olor que no era para mí.
Yo estaba en la cocina, mirando cómo el café terminaba de caer en la taza.
En mi mano derecha tenía una pequeña botella de laxante.
No fue una decisión impulsiva.
Fue el resultado de meses de silencios, de llamadas que terminaban cuando yo entraba al cuarto, de “reuniones urgentes” los viernes por la noche.
Y sobre todo… del mensaje que vi la noche anterior.
“Te espero mañana. No te olvides del perfume que me gusta.”
Firmado por una tal Carolina.
Secretaria nueva de la oficina.
Nombre elegante… como de shampoo de lujo.
Respiré hondo.
—¿Y ese café? —preguntó él desde la puerta de la cocina, ajustándose el cinturón con más entusiasmo del que mostraba cuando íbamos al cine juntos.
Le acerqué la taza.
—Un regalito —dije, sonriendo con una calma que ni yo misma sabía que tenía.
Lo miré beber.
Un sorbo.
Dos sorbos.
Tres.
Se lo tomó entero.
Ni una queja.
Eso me dolió un poco, la verdad… jamás había tomado mi café tan rápido cuando todavía me miraba con cariño.
—¿Y para dónde vas tan perfumado? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—Reunión —respondió él, agarrando las llaves del auto—. De esas importantes. Ya sabes… estrategia, proyecciones… sinergia.
Tiró esas palabras como si fueran excusas de lujo.
—¿Sinergia con encaje? —murmuré.
Pero él ya iba por el pasillo.
La puerta se cerró.
Silencio.
Miré el reloj.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Me senté tranquila en la mesa de la cocina, esperando.
Diez minutos.
Diez.
Y entonces…
la gloria.
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