
—¡MALDICIÓN! —se escuchó un grito desde el auto.
Sonreí.
Salí al porche con la expresión más inocente del mundo.
Mi marido estaba saliendo del coche doblado en dos, una mano apretándose el estómago como si estuviera sosteniendo una bomba a punto de explotar.
Corría hacia la casa.
—¡¿Qué me diste, loca?! —gritó—. ¡No llego al baño!
Me llevé una mano al pecho, fingiendo preocupación.
—Amor… ¿no te estarás enamorando?
Se detuvo un segundo, pálido.
—¿Qué?
—Dicen que cuando uno está nervioso por una cita… el cuerpo lo manifiesta.
—¡NO LLEGO!
Intentó subir las escaleras corriendo.
—Ah —añadí con dulzura—. Y ni se te ocurra usar el baño de arriba.
Se quedó congelado en el primer escalón.
—¿Por qué?
—Lo estoy limpiando.
Lo que siguió fue una escena que jamás voy a olvidar.
Mi marido, el gran ejecutivo lleno de “sinergia”, subiendo la escalera como podía, con el orgullo herido, el estómago en guerra… y la “reunión importante” claramente cancelada.
La puerta del baño se cerró de golpe.
Desde adentro se escucharon ruidos… dramáticos.
Yo suspiré.
Luego agarré mi celular.
Abrí el grupo de mis amigas.
Escribí:
—Chicas, ¿sigue en pie lo de las cervezas?
Tres segundos después llegaron las respuestas.
—¡Obvio!
—¡Te esperamos!
—¡Hoy brindamos por la soltería!
Me pinté los labios frente al espejo del recibidor.
Agarré mis llaves.
Mi bolso.
Mi dignidad.
Cuando estaba cerrando la puerta, escuché su voz desesperada desde el baño.
—¡¿A dónde vas?!
Sonreí.
—A una reunión —respondí.
Hice una pequeña pausa antes de salir.
—De esas importantes… ya sabés.
Y cerré la puerta.
Pero la historia no terminó ahí.
Dos horas después, cuando regresé a casa riendo con mis amigas y con olor a cerveza en el cabello, lo encontré sentado en el sofá.
Pálido.
Agotado.
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