parte 2
El miedo comenzó a acecharla, pero su determinación no la abandonó.
A,K Esa noche, Sofía no durmió.
Los trillizos lloraban por turnos dentro del viejo almacén, como si se pusieran de acuerdo para no dejar que el miedo se le acomodara en el pecho. Uno tenía un llanto más agudo y desesperado. Otro apenas se quejaba, pero se ponía rojo de coraje si tardaba en cargarlo. El tercero era el más silencioso, y justo por eso le daba más miedo: los bebés demasiado callados siempre parecen estar guardando algo más grave.
Sofía se movía entre ellos con manos pequeñas y torpes, calentando leche en una lata vieja sobre una hornilla prestada, cambiando trapos húmedos por otros medio secos, envolviéndolos como podía con las dos únicas cobijas que tenía. Cada vez que alguno abría los ojos, ella sentía un tirón raro por dentro. Nadie la había mirado así nunca. No con necesidad, sino con una confianza ciega y total.
—No los voy a dejar —susurró, aunque nadie se lo había pedido en palabras—. Aunque no sepa cómo.
Pero afuera ya no estaban seguros.
Lo supo poco antes del amanecer, cuando escuchó el motor de un auto detenerse frente al callejón trasero. Se quedó inmóvil, con uno de los bebés dormido contra el hombro. Luego oyó puertas abrirse, pasos sobre charcos, una voz de hombre diciendo:
—Revisa adentro. La niña de las flores pasa por aquí.
Sofía sintió que la sangre se le congelaba.
Apagó la hornilla de inmediato. Tomó la canasta y la arrastró hasta el rincón más oscuro, detrás de unas cajas apiladas. Ella se metió ahí también, apretando a los tres bebés contra el pecho, rogando que ninguno llorara.
La puerta oxidada del almacén se movió.
Un golpe.
Luego otro.
—¡Abre, chamaca! —gritó una voz desconocida—. Solo queremos ayudarte.
Sofía se mordió el labio hasta casi hacerse sangre.
Ayudar.
La gente más peligrosa siempre usaba palabras suaves primero.
Los pasos rodearon el almacén. Uno de los hombres golpeó una ventana rota y metió la mano entre los vidrios, pero no alcanzó el seguro interior. Otro maldijo. Los bebés comenzaron a inquietarse. Uno hizo un ruido pequeño, de los que parecen nada hasta que uno sabe que van creciendo.
Sofía le cubrió la boquita con el borde de la manta, temblando ella misma.
—Shhh, por favor, por favor…
Afuera, uno de los hombres escupió.
—Aquí no están. Vámonos antes de que amanezca y nos vea alguien.
El coche arrancó minutos después, pero Sofía no salió de su escondite sino hasta mucho rato más tarde, cuando la primera luz gris se coló por las rendijas del techo.
Entonces tomó una decisión.
No podía quedarse esperando a que la encontraran. Tampoco podía ir con cualquier policía. Había vivido lo suficiente para saber que las recompensas grandes vuelven codiciosa hasta a la gente con uniforme. Si entregaba a los bebés a la persona equivocada, podían desaparecer de nuevo. Y ella ya sabía lo que era crecer convertida en nadie.
Necesitaba ver primero a ese millonario.
Necesitaba mirarlo a los ojos.
Leave a Comment