El patrón, Don Arturo, había fallecido de 1 infarto fulminante apenas 15 días atrás, cayendo fulminado en medio de los inmensos campos de agave azul. Don Arturo era 1 hombre justo, temeroso de Dios, que pagaba el jornal a tiempo y trataba a sus empleados con una dignidad que rara vez se veía en la región. Pero su viuda, Doña Carmen, de 52 años, tenía el corazón envenenado por 1 mezcla tóxica de celos, clasismo y amargura profunda.
Esa fatídica mañana, Doña Carmen bajó las escaleras de la casa grande echando humo por los ojos, con 1 plan cruel para deshacerse de la mujer a la que envidiaba por su juventud y bondad. Frente a más de 50 peones que observaban en silencio sepulcral, señaló a Valeria con 1 dedo acusador.
“¡Te aprovechaste de la debilidad de mi esposo!”, gritó Doña Carmen con 1 voz aguda que cortó el aire caliente del desierto. “¡Te le ofrecías a escondidas, maldita trepadora, intentando robar lo que por derecho es mío y de mi familia!”.
Valeria sintió que el mundo daba vueltas a su alrededor. Cayó de rodillas sobre la tierra y abrió la boca para defenderse, jurando por Dios y por la Virgen que eso era 1 mentira absoluta, que ella solo sentía respeto paternal por el patrón. Pero la viuda adinerada no la dejó pronunciar 1 sola palabra más. Llamó a 2 capataces robustos y les ordenó que la tiraran al polvo de la carretera, amenazándola con meterla 10 años a la cárcel del estado si se atrevía a volver a pisar sus tierras o a reclamar los ahorros que había guardado bajo su colchón durante casi 1 década.
Sola, sin 1 solo centavo y con el alma rota, Valeria caminó 10 kilómetros bajo el sol abrasador hasta llegar al pueblo de San Miguel. Pensó que allí encontraría el refugio de sus conocidos, pero el chisme venenoso había viajado más rápido que sus pies descalzos. Doña Carmen era la mujer más rica y vengativa de la región. Por puro terror a sus represalias, el panadero, la costurera y hasta el dueño de la tienda de abarrotes le cerraron la puerta en la cara a Valeria. Nadie quería enfrentarse a la ira de la viuda.
Derrotada y humillada, Valeria pasó 3 noches enteras durmiendo a la intemperie en el callejón detrás de la parroquia, tiritando por el frío de la madrugada y ardiendo en 1 fiebre altísima que casi le arrebata la vida. Fue el Padre Mateo, 1 anciano de 70 años, quien la encontró casi inconsciente. Tras curarla en secreto con té de canela, el sacerdote le hizo 1 propuesta desesperada: “Hija, el dueño de la cantina regala 1 terrenito abandonado junto al río. Nadie quiere ir porque aseguran que está maldito, que por las noches se escuchan lamentos del inframundo y que la tierra traga a quienes duermen ahí. Te da la propiedad y 1 vaca enferma de 15 años que ya casi no da leche, a cambio de que limpies el terreno. Es eso, o morir de hambre en estos callejones”.
Valeria no tenía opciones. Aceptó su destino. El rancho resultó ser 1 pesadilla en ruinas: 1 jacal de madera podrida a punto de colapsar bajo el peso de la maleza y el abandono de 7 familias anteriores. La vaca, a la que bautizó irónicamente como Milagros, era 1 saco de huesos a punto de rendirse. Pero la primera noche, sucedió algo que heló la sangre de Valeria. Después de rezar, notó que Milagros no dejaba de mugir con 1 desesperación humana, golpeando sus pezuñas contra el suelo y mirando fijamente hacia 1 esquina específica del interior de la choza.
Armada solo con 1 veladora a punto de apagarse, Valeria se acercó a la esquina. El piso de madera crujía de 1 forma antinatural, como si respirara. Con 1 barra de metal oxidada que encontró tirada, arrancó 3 tablas podridas. El olor a humedad inundó el lugar. Debajo no había tierra firme, sino 1 túnel oscuro y profundo que descendía hacia las entrañas de la tierra. El corazón le latía a 1000 por hora. Bajó lentamente por 12 escalones de piedra resbaladiza y, al iluminar el inmenso fondo, se quedó sin aliento. Las paredes de la caverna subterránea no eran de piedra normal; brillaban ferozmente con destellos rojos, naranjas y púrpuras. Estaba parada frente a 1 enorme veta virgen de ópalos de fuego, las piedras preciosas más raras y codiciadas de todo México, cuyo valor podía comprar el pueblo entero.
De pronto, 1 ruido ensordecedor en la superficie la congeló por completo. Era el sonido de 2 camionetas pesadas frenando bruscamente afuera de la choza, seguido de las voces roncas de 4 hombres y el inconfundible y fuerte olor a gasolina filtrándose por las tablas rotas hacia el túnel.
No podía creer lo que estaba a punto de suceder…
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