Durante las siguientes 3 semanas, las manos de Consuelo no descansaron. Marcos, con sus 9 años, cargaba rocas grandes en silencio, con la mandíbula apretada. Elena, de 7 años, cuidaba a Inés y a Tomás, y recolectaba pasto seco y arcilla roja para sellar el suelo. Consuelo construyó un muro de contención en la entrada de la cueva, usando la gravedad a su favor. Cada piedra encajaba perfectamente con la otra, como un rompecabezas dictado por la naturaleza. Hizo un fogón con salida de humo por una fisura natural y selló el techo con resina de pino hervida. Consiguieron una puerta de madera de un corral abandonado y le pusieron bisagras de cuero crudo.
Cuando encendió el fuego por primera vez, el calor se abrazó a las paredes de roca. Comieron frijoles de olla y tortillas de harina hechas a mano. No era un palacio, pero el viento furioso de Zacatecas golpeaba la puerta y no podía entrar.
Los viejos del pueblo decían que los animales habían bajado del cerro semanas antes, presintiendo el desastre. La segunda semana de enero, el cielo se desplomó. Una tormenta invernal sin precedentes azotó la región durante 3 días y 3 noches. La nieve y el hielo cubrieron el pueblo minero, colapsando los caminos hacia la capital. Abajo, en el valle, la tragedia comenzó a cobrar la factura del egoísmo.
Las casas del pueblo, construidas a medias y con materiales baratos por la corrupción de la compañía, comenzaron a crujir. La primera en colapsar fue la casa vieja de adobe en la esquina de la plaza. Luego, el techo de lámina del mercado se vino abajo por el peso de la nieve. Pero el verdadero golpe del destino ocurrió en la antigua casa de Ramón. Arturo, quien había robado fondos de la mina para remodelarla rápido y barato, despertó cuando la viga principal se partió en 2. El techo colapsó por completo, destruyendo todo a su paso. Arturo salió gateando, en ropa interior, en medio de la tormenta, perdiéndolo todo en 1 segundo.
Desesperados, congelados y sin refugio seguro, un grupo de 12 personas, incluido Arturo, el arrendador y doña Petra, miraron hacia la montaña. Recordaron a la viuda.
Los pasos en la nieve sonaban arrastrados cuando llegaron a la cueva. Consuelo abrió la pesada puerta de madera. Frente a ella estaba el pueblo que le había dado la espalda. Arturo temblaba incontrolablemente, con los labios morados, incapaz de levantar la mirada. Las mujeres lloraban con sus hijos en brazos. Nadie se atrevía a hablar. Consuelo los miró en silencio durante 1 largo minuto. El peso de la culpa era evidente en los ojos de cada uno de ellos.
Sin decir una sola palabra de reproche, Consuelo se hizo a un lado y dijo: “Pasen, los niños se van a enfermar”.
Entraron a un refugio cálido, iluminado y seco. La olla de frijoles hervía en el rincón. Las paredes de piedra encastrada, que todos habían llamado “madriguera de locos”, soportaban estoicamente las ráfagas de viento de más de 80 kilómetros por hora. Arturo se sentó en la esquina más alejada, llorando en silencio de pura vergüenza mientras Elena le ofrecía un jarro con café caliente. La construcción diseñada para 5 personas albergó a 17, y el calor humano hizo que el frío fuera solo un mito allá afuera.
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