—¡Lárgate de mi propiedad! —respondió Mateo con voz de trueno, parapetado detrás del grueso muro de adobe—. ¡Aquí no hay nada que te pertenezca! ¡La policía estatal ya viene en camino!
Era una mentira desesperada; la comandancia más cercana estaba a más de 1 hora de distancia y no había señal telefónica en esa zona del ejido. Ramiro soltó una carcajada siniestra que erizó la piel de Lucía en la habitación contigua.
—¡Estás cavando tu propia tumba, viejo idiota! —gritó Ramiro, haciendo una seña a sus hermanos—. ¡Tumben la puerta!
Los 2 hombres avanzaron y comenzaron a golpear la pesada madera con hachas y patadas. La casa entera vibraba con cada impacto. Mateo sabía que la puerta no resistiría mucho tiempo. Apuntó hacia la ventana y, sin dudarlo, disparó un tiro de advertencia al aire que destrozó el cristal y obligó a los atacantes a retroceder y buscar refugio detrás de la camioneta.
—¡Maldito infeliz! —rugió Ramiro, furioso—. ¡Si quieres guerra, la vas a tener!
Lo que sucedió a continuación fue puro caos. Ramiro se subió a la camioneta, encendió el motor y pisó el acelerador a fondo. El vehículo de más de 2 toneladas salió disparado directamente hacia la fachada de la casa. Mateo apenas tuvo tiempo de lanzarse al suelo cuando el frente de la camioneta atravesó la pared de la sala, provocando una explosión ensordecedora de ladrillos de adobe, vigas de madera y nubes de polvo asfixiante.
La mitad del vehículo había quedado metida dentro de la casa. Mateo, aturdido y con el rostro sangrando por el impacto de los escombros, buscó a tientas su escopeta entre la ruina. A través del humo, vio a Ramiro abrir la puerta de la camioneta y apuntarle con su rifle. La mirada del atacante estaba llena de un odio homicida.
—Se acabó, ranchero —escupió Ramiro, preparando el gatillo.
Pero antes de que pudiera disparar, Lucía, impulsada por la fuerza sobrehumana que solo una madre acorralada puede tener, salió de entre las sombras sosteniendo un pesado candelabro de hierro y golpeó a Ramiro en la nuca con todas sus fuerzas. El hombre se tambaleó hacia adelante, perdiendo el equilibrio y soltando el rifle.
Mateo aprovechó ese segundo vital, tomó su escopeta del suelo y apuntó directamente al pecho de Ramiro.
—¡No te muevas o te juro por Dios que te vuelo en pedazos! —rugió Mateo.
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