“Abandonó a su esposa y a su bebé en el desierto por 7 días. Cuando regresó por ellas, se topó con el hombre equivocado.”

“Abandonó a su esposa y a su bebé en el desierto por 7 días. Cuando regresó por ellas, se topó con el hombre equivocado.”

PARTE 2

El rugido del motor diésel rompió el silencio sagrado de la noche en el desierto. Mateo no perdió ni un solo segundo. Su instinto de supervivencia, forjado en la dura vida del campo, tomó el control. Apagó de inmediato todas las luces de la hacienda y corrió hacia el viejo baúl de madera de su abuelo, sacando una pesada escopeta calibre 12 y una caja llena de cartuchos.

—¡Lucía! —gritó Mateo en un susurro áspero, acercándose a la habitación—. Toma a la niña. Escóndanse debajo de la cama y, por lo que más quieras, no hagan ningún ruido. Pase lo que pase, no salgas hasta que yo te lo diga.

Lucía, temblando de pies a cabeza, apretó a la pequeña Esperanza contra su pecho. La bebé, que apenas había recuperado un poco de color tras tomar leche improvisada, guardó un silencio casi milagroso, como si entendiera la magnitud del peligro.

Mateo comenzó a atrancar la pesada puerta principal de roble con una viga de hierro. Desde la rendija de la ventana, observó cómo una camioneta negra, sin placas y con los vidrios polarizados, se detenía de golpe frente a su propiedad. El polvo tardó varios segundos en disiparse. De la cabina bajaron 3 hombres. En medio de ellos estaba Ramiro, un hombre de complexión robusta, vestido con botas vaqueras y un sombrero ladeado, sosteniendo un rifle en sus manos. Los otros 2 hombres, que parecían ser sus hermanos, empuñaban machetes y pistolas.

La verdad que Lucía no había tenido tiempo de contarle a Mateo era mucho más oscura que un simple ataque de celos. Ramiro pertenecía a una familia de terratenientes corruptos que habían perdido su fortuna por deudas de juego y apuestas ilegales. Cuando Esperanza nació, Ramiro descubrió que él era estéril debido a un accidente de su juventud. En lugar de aceptar que Lucía había acudido a una clínica de fertilidad con el dinero que ella misma había ahorrado trabajando como costurera, el orgullo machista de Ramiro se fracturó. Pero lo peor no fue eso. Para saldar una deuda de 500000 pesos con mafiosos locales, Ramiro había prometido entregar a la bebé a una red de tráfico de menores. Al no poder arrebatársela a Lucía sin levantar sospechas en el pueblo, ideó el plan macabro: abandonarlas en el desierto y volver a los 7 días para llevarse únicamente a la niña, fingiendo después que su esposa había escapado.

Ahora, al encontrar el lugar donde las había abandonado vacío y ver las huellas de los cascos de Relámpago, Ramiro había rastreado a su presa hasta la única hacienda en kilómetros a la redonda.

—¡Abre la puerta, ranchero! —bramó Ramiro desde el patio, pateando el polvo—. ¡Sabemos que las tienes ahí adentro! ¡Entrega a la mujer y a la escuincla, y te dejaremos vivir! ¡Es un asunto de familia, no te metas!

Mateo cargó la escopeta, el sonido metálico resonó en la sala a oscuras.

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