Jacinta no se hizo rica. No encontró oro ni plata detrás de la piedra.
Encontró algo más raro: un sitio donde su hija podía crecer sin que nadie le enseñara a esconder el dolor para parecer digna.
Con el tiempo, arregló la gruta, levantó un cuarto de adobe junto a la roca y convirtió el terreno en un pequeño vivero de plantas medicinales con ayuda de Apolonia y doña Candelaria. Mateo siguió subiendo con agua al principio; luego se quedó a trabajar con las cabras y con ellas. Sombra envejeció al sol, dueña absoluta de la entrada.
Y cada año, en la fecha en que la piedra respiró por primera vez frente a ella, Jacinta sacaba la cuna, la limpiaba con aceite y le leía a Esperanza una carta de la bisabuela.
—¿De verdad me esperaba? —preguntó una vez la niña, ya de cuatro años, sentada sobre la roca grande.
Jacinta la acomodó en su regazo y miró el valle.
—Sí. Pero no solo a ti —respondió—. También me esperaba a mí… la mujer que yo iba a ser cuando dejara de huir.
El viento cambió de dirección, suave, como un suspiro satisfecho entre las piedras.
Y por primera vez en generaciones, el cerro de Roca Verde ya no guardó una historia de pérdida.
Guardó un comienzo.
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