Parte 2 …

Tuvo a su hija tres semanas después, en la misma gruta donde la cuna llevaba años esperándola. Apolonia llegó a tiempo. También doña Candelaria, con agua caliente y manos firmes. Mateo se quedó afuera, haciendo guardia, espantando curiosos.
Fue un parto largo, doloroso y limpio. Jacinta gritó entonces, sí; gritó hasta vaciar el miedo viejo de su pecho. Y cuando la niña salió, llorando con fuerza, Apolonia no la limpió enseguida. La puso un instante sobre la manta, cerca de la entrada, para que respirara tierra húmeda y romero.
—Primera memoria —murmuró la vieja.
La llamaron Esperanza.
Pero en el cerro todos empezaron a decirle Roca, porque nació sabiendo dónde estaba.
La sorpresa final llegó cuarenta días después, cuando Jacinta bajó con la niña amarrada al pecho, una de las cartas en la falda y la llave 1947 escondida en el rebozo. Fue a la tienda de doña Lupita, y de ahí al archivo viejo del municipio, donde una empleada anciana reconoció el número de la llave sin siquiera tocarla.
—Eso no es banco —dijo—. Es casillero de mina. Año cuarenta y siete. Los antiguos guardaban allí títulos y mapas cuando desconfiaban de los curas.
El casillero seguía en un cuarto húmedo del edificio viejo de la compañía minera.
Dentro había un legajo envuelto en hule: el título original del terreno, firmado y sellado, y un cuaderno con cuentas que demostraban algo peor que la deuda de Tomás… demostraban que el padre Anselmo y un capataz llevaban años inflando impuestos y “préstamos” para quitar tierras a viudas y ancianos.
Aquella tarde, Jacinta no lloró ni tembló. Entró a la parroquia con Esperanza dormida en brazos, dejó los papeles sobre la mesa del padre Anselmo y dijo, con una calma que ya no le conocía:
—No le debo un peso. Y usted va a devolver lo que cobró de más… antes de que esto llegue a la presidencia municipal.
El cura palideció.
La noticia corrió por Roca Verde como pólvora. Otras mujeres trajeron recibos. Otros viejos trajeron recuerdos. El capataz cayó. El padre fue removido meses después. Y por primera vez en mucho tiempo, el cerro dejó de ser refugio de vergüenzas para convertirse en lugar de regreso.
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