Gael la esperaba en un comedor inmenso, con una mesa ridículamente larga donde solo había dos lugares servidos. A la luz de las velas, sus cicatrices parecían menos brutales. Más antiguas. Como heridas que habían aprendido a vivir con él.
Comieron en silencio hasta que retiraron el plato principal.
Entonces Ximena dejó la copa en la mesa.
—Ahora sí —dijo—. Quiero respuestas.
Gael la observó por encima de su vino.
—Lo imaginé.
—¿Por qué estaba su carroza junto a la iglesia?
Por primera vez, el duque no tuvo una respuesta inmediata.
—Porque sospechaba que correrías.
—¿Y cómo podía saberlo?
—Porque llevé semanas investigando a Campillo —dijo él—. Y también a tu familia.
Ximena sintió el pecho endurecerse.
—¿Investigándome?
—A él, principalmente. A ti… por necesidad.
Entonces Gael se puso de pie, fue hasta un mueble de nogal y regresó con una carpeta. La abrió frente a ella. Eran pagarés, contratos, cartas, documentos con la firma de su padre.
Y al final, una cláusula que la dejó helada.
La deuda principal de los Alvarado había sido comprada por la casa Montenegro tres años antes.
Tres años.
Ximena levantó la vista lentamente.
—¿Usted compró la deuda de mi familia?
—Sí.
—Entonces sabía todo. El compromiso. La boda. Mi huida. Todo.
—Sí.
El silencio que siguió fue brutal.
—Me manipuló —susurró ella.
—Te preparé una salida —corrigió él.
—¡No juegue con las palabras! —estalló Ximena, poniéndose de pie—. Pensé que huía de un hombre que quería comprarme y resulta que vine directo a otro que ya lo había hecho.
Gael recibió el golpe sin moverse.
—Si hubiera querido cobrar esa deuda, habría llegado a casa de tu padre con un notario y guardias. No lo hice.
—Pero me puso la carroza enfrente.
—Sí.
—Entonces sí planeó todo esto.
Algo en el rostro de Gael se quebró. No del todo. Apenas una grieta.
—Planeé darte una puerta abierta —dijo con voz baja—. Lo que hicieras con ella era tu decisión.
Ximena soltó una risa amarga.
—Qué generoso.
Gael tomó la carpeta, caminó hasta la chimenea encendida y, sin apartar los ojos de ella, arrojó todos los papeles al fuego.
Las llamas los devoraron enseguida.
—Míralo bien —dijo—. Esa deuda acaba de morir. No me debes nada. Ni tu apellido. Ni tu gratitud. Ni tu presencia en esta casa.
Ximena lo miró, todavía respirando con furia.
—Entonces, ¿qué quiere en realidad?
Gael se quedó frente al fuego, el rostro medio iluminado por el naranja tembloroso de las llamas.
—Hace cinco años —dijo— Campillo hizo con otra mujer lo que iba a hacer contigo. Yo intenté detenerlo. Llegué tarde. Después me dejó esto.
Se tocó la cicatriz.
—Ella murió seis meses después. Desde entonces juré destruirlo. Cuando descubrí que iba a casarse contigo, vi dos cosas a la vez: una oportunidad… y una advertencia. Si no actuaba, tú ibas a acabar igual.
Ximena sintió cómo su rabia se tropezaba con algo más complejo.
—¿Y yo qué soy en esa guerra? —preguntó.
Gael la miró de frente.
—Eso depende de ti. Si quieres irte, mañana mismo tendrás dinero, escolta y un lugar seguro lejos de aquí. Si quieres quedarte, te quedarás como mi igual. No como deuda. No como trofeo. Como mujer libre.
Ximena lo estudió largo rato.
Era un hombre temible, sí. Frío, duro, capaz de planear en silencio. Pero también acababa de quemar lo único que podía atarla legalmente a él.
—Si me quedo —dijo por fin—, quiero la verdad. Siempre.
Gael asintió.
—Hecho.
—Y no seré un adorno en su guerra. Si Campillo va a caer, yo voy a participar.
Una sombra de respeto cruzó los ojos del duque.
—Eso suena peligrosamente a alianza.
—Entonces considérelo una.
Él extendió la mano.
—¿Socios, señorita Alvarado?
Ximena la tomó.
—Socios.
Dos semanas después, toda la capital hablaba de una nueva duquesa.
La misteriosa esposa de Gael Montenegro apareció del brazo del hombre más temido de la ciudad en el baile de máscaras del palacio. Llevaba un vestido verde esmeralda que hacía juego con nada excepto con la seguridad recién nacida en su mirada. Gael, vestido de negro, caminaba junto a ella con una calma feroz.
Los murmullos eran deliciosos.
Y, por supuesto, Tomás Campillo estaba allí.
Intentó desacreditarla. Insinuó que el duque había usado las deudas de los Alvarado para forzar el matrimonio. Creyó que la haría parecer una víctima. Una mujer confundida.
Pero Ximena ya no era la muchacha que había corrido llorando por un callejón.
Se adelantó delante de todos y dijo, con una voz que hizo callar el salón entero:
—El único hombre que intentó comprarme fue usted. El único que me ofreció una elección real fue el duque.
Luego nombró a la mujer muerta. Nombró a Elisa Navarro, la primera esposa destruida por Tomás. Y Gael, sin titubear, sacó pruebas: cuentas, sobornos, tráfico de muchachas disfrazado de contratos de servicio, amenazas.
Campillo perdió el color.
Intentó huir entre el caos cuando uno de sus hombres provocó un incendio para desviar la atención. Pero aquella noche ya no controlaba la historia.
Lo arrestaron al amanecer.
Y cuando los rumores se convirtieron en juicio, la ciudad entera descubrió lo que llevaba años fingiendo no ver.
Tomás Campillo cayó.
De verdad.
La mañana después del arresto, Ximena despertó en Blackwood Hall —porque así llamaban todos a la residencia, aunque ella ya prefería pensar en ella simplemente como hogar— y encontró una pequeña caja sobre la mesa.
Dentro había un anillo de oro oscuro con un rubí profundo y el lobo coronado de espinas.
Buscó a Gael en su despacho. Él estaba revisando documentos legales, pero al verla entrar dejó la pluma de inmediato.
—El anillo —dijo Ximena, mostrándolo—. ¿Qué significa?
Gael inspiró hondo. Por primera vez desde que lo conocía, parecía nervioso.
—Tradicionalmente lo lleva la duquesa de Montenegro —dijo—. La verdadera. No la que finge serlo.
Ximena sintió que algo cálido y peligroso le recorría el pecho.
—¿Y ya no estamos fingiendo?
Gael se puso de pie y la miró de una forma que la dejó inmóvil.
—Dejé de fingir la noche en que te vi salir por aquella ventana en el palacio y pensé que podía perderte. Dejé de fingir cuando quemé los papeles y seguías aquí. Dejé de fingir cuando esta casa empezó a sentirse menos fría porque tú respirabas dentro de ella.
Ximena apretó la cajita entre los dedos.
—Yo también me quedé por elección —dijo—. Al principio por seguridad. Después por alianza. Y ahora… ahora porque cuando estoy contigo no me siento propiedad de nadie. Me siento yo.
Gael dio un paso hacia ella.
—Entonces no te pido deuda, ni gratitud, ni sacrificio. Solo una cosa: quédate porque me eliges.
Ximena sonrió, y fue una sonrisa lenta, luminosa, completamente suya.
Sacó el anillo y lo deslizó en su dedo.
Encajó perfecto.
—Te elijo, Gael Montenegro.
Él tomó su mano y besó sus nudillos con una ternura que desmentía por completo su reputación.
—Bienvenida a casa, duquesa.
Ximena lo atrajo hacia sí y lo besó antes de que él pudiera decir otra cosa.
Afuera, la ciudad despertaba al escándalo del siglo: la caída de Tomás Campillo, el juicio que lo arruinaría, la mujer que se negó a ser vendida y el duque monstruoso que había terminado siendo su refugio.
Pero dentro de aquella casa de piedra y cicatrices, ninguna de esas voces importaba ya.
Porque Ximena entendió por fin la diferencia entre huir de algo… y correr hacia algo mejor.
Y esta vez, no había corrido hacia una jaula.
Había corrido hacia su libertad.
Y, inesperadamente, hacia el amor.
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