Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

La carroza siguió avanzando hacia el norte de la ciudad, lejos de la iglesia, de su casa, de su apellido. Ximena miraba por la ventanilla las calles que se iban vaciando, preguntándose qué acababa de hacer.

Había huido de un hombre que quería poseerla.

Y ahora estaba en la carroza del único hombre al que toda la ciudad temía.

Debió sentir pánico.

En cambio, por primera vez en años, sentía otra cosa.

Una tregua.

La residencia de los Montenegro se levantaba detrás de una reja de hierro negro, casi al borde del bosque que rodeaba la ciudad. No parecía una casa. Parecía una fortaleza levantada contra el mundo entero. Piedra gris, torres en las esquinas, ventanales estrechos, jardines demasiado ordenados como para ser alegres.

Cuando la carroza se detuvo, dos sirvientes salieron de inmediato.

Gael descendió primero y luego extendió una mano hacia ella.

Ximena miró sus pies. Había perdido una zapatilla en la huida. La otra estaba rota. Tenía sangre seca en los dedos y el dobladillo del vestido hecho jirones.

—No puedo entrar así —murmuró.

—En mi casa nadie verá más de lo que yo permita —dijo él.

Aun así, cuando ella hizo el intento de bajar y se estremeció por el dolor de las plantas de los pies, Gael no discutió. La alzó en brazos.

Ximena soltó una exclamación y se aferró al cuello de su abrigo.

—Puedo caminar.

—No sobre huesos molidos y cristal de calle.

La llevó hasta el vestíbulo principal, donde una mujer severa de cabello plateado apareció casi de inmediato.

—Señora Robles —dijo Gael—. Prepare la suite del ala este. Baño caliente. Ropa. Y mande llamar al doctor. La señorita necesita atención.

La señora Robles inclinó la cabeza, pero cuando miró a Ximena sus ojos se volvieron sorprendentemente maternales.

—Sí, excelencia.

Ximena quiso hablar, preguntar, exigir explicaciones. Pero el cansancio, el dolor y el desconcierto la estaban venciendo.

Antes de que se la llevaran, alcanzó a decir:

—¿Qué quiere de mí?

Gael tardó un momento en responder.

—Que descanses —dijo al fin—. Y que recuerdes cómo se siente estar a salvo.

Cuando despertó, ya era casi de noche.

La habían bañado, curado y vestido con una bata de seda color vino. Sus manos estaban vendadas. También sus pies. La habitación era más grande que toda la planta alta de la casa de los Alvarado.

La invitaron a cenar.

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