Ninguna de esas habilidades le servía directamente para reparar un techo de adobe, pero la disciplina mental que la sustentaba sí. Observaba, analizaba, intentaba. Cuando fallaba, volvía a intentar con una variante diferente. El techo del dormitorio trasero era irreparable sin materiales que no tenía, así que lo descartó y concentró sus esfuerzos en reforzar la sala principal y la cocina, que eran habitables. Rellenó las grietas del adobe con barro del río, mezclado con paja seca de los restos del establo.
tapó las ventanas sin vidrio con las mantas militares, dejando solo una ranura para luz y vigilancia. reparó el pestillo de la puerta principal con un trozo de herraje encontrado entre los escombros del establo. El Winchester era otro asunto. Lucía había disparado un rifle exactamente tres veces en su vida, las tres en una tarde que Tomás había dedicado a enseñarle lo básico, más como precaución que como expectativa real de necesidad. Ahora cada mañana antes del amanecer practicaba en silencio apuntando a objetivos inmóviles.
Una lata contra la pared del corral, una piedra sobre una roca, aprendiendo el peso del arma, la resistencia del gatillo, la corrección del alza. No disparaba. Los cartuchos eran demasiado valiosos para gastarlos en práctica, pero el resto del ritual lo ejecutaba con la misma metódica repetición con que había memorizado las tablas de multiplicar a los 9 años. El cuaderno de Tomás resultó ser un mapa más detallado que el de papel. Contenía nombres, fechas, montos. Describía como Vos había construido su red de corrupción.
Primero comprando al notario Elías Fontén, que durante 7 años había falsificado sellos y retroactivado fechas en documentos de transferencia de tierras. Después, cuando Fontain murió de Tifus en 1882, falsificando su sello postmortem con un faxímil encargado en el paso, 13 familias despojadas. Algunas habían aceptado dinero irrisorio bajo presión, otras habían resistido hasta que alguien convenció a sus hombres de que el camino a Santa Fe era peligroso. La familia Aguirre había sido la cuarta. Salomón Aguirre había llegado al cañón en 1871 con su esposa y tres hijos.
había construido el rancho con sus manos y había descubierto en 1878 que su título de propiedad había sido transferido a voz inasociados mediante un documento que él nunca había firmado. Había protestado, había ido al sherifff, había escrito cartas al gobierno territorial. Según las notas de Tomás, citando una fuente que no identificaba, Salomón Aguirre había desaparecido en el camino a Santa Fe en enero de 1879. Su familia abandonó el rancho dos semanas después. El miedo que Lucía sentía no era el miedo vago y paralizante de los primeros días tras la muerte de Tomás.
Era un miedo específico, informado, con nombre y apellido. Harlan Boss, alcalde de Río Seco, constructor de un imperio sobre huesos, un hombre que había hecho desaparecer al menos a dos personas que podían complicarle la vida, que tenía al sherifff, al notario local y probablemente a varios miembros del Consejo Territorial en su nómina. y que sabía porque Lucía no había disimulado nada en aquella oficina del registro, que ella tenía los documentos de herencia del cañón y la inteligencia suficiente para entender su valor.
Al quinto día encontró la entrada. Estaba exactamente donde el mapa de Tomás indicaba, no bajo el brocal exterior, sino a 15 m al norte del pozo, en el muro de Roca del Cañón, parcialmente cubierta por el crecimiento de una higuera silvestre que en 20 años había tejido sus raíces en las grietas del arenisco hasta hacer casi invisible la abertura detrás de ella. una cavidad natural ampliada a mano. Se veían las marcas de la pica en la piedra de aproximadamente metro y medio de altura y metro de ancho, que se adentraba en la roca varios metros antes de abrirse a un espacio mayor que lucía.
Con su lámpara de aceite sostenida al frente, no alcanzó a medir en su totalidad. Lo que sí alcanzó a ver en los primeros metros fue suficiente para detenerla en seco. Cajas. Seis cajas de madera con el sello del ejército de los Estados Unidos estampado en el lateral del tipo que se usaba para transporte de equipamiento en los años posteriores a la guerra civil. Tres de ellas estaban abiertas y lo que contenían no era equipamiento, eran documentos, cientos de documentos, sino y debajo, en dos de las cajas cerradas, el peso y el sonido al empujar le dijeron a Lucía, sin necesidad de abrirlas, que contenían metal.
Salió de la caverna, se sentó afuera con la espalda contra la roca y respiró hondo cinco veces. Adentro había evidencia de algo muy grande, demasiado grande para que ella pudiera entenderlo o procesarlo sola, sin conocimiento legal ni contexto histórico. Necesitaba a alguien que supiera leer esa clase de documentos y que no estuviera en el bolsillo de voz. Esa misma tarde, mientras revisaba los documentos del cuaderno de Tomás, buscando referencias a contactos confiables, escuchó los caballos. No eran uno ni dos, eran varios, moviéndose deliberadamente por el borde superior del cañón, sin el paso rápido de viajeros en tránsito.
Lucía apagó la lámpara, tomó el rifle y se pegó a la pared junto a la ranura de la manta que cubría la ventana. Eran cuatro hombres, dos con rifles visibles en las manos, uno reconocible incluso a esa distancia, la silueta corpulenta y el sombrero de ala ancha del sherifff Tom Delaini. El cuarto era un hombre que Lucía no conocía, que llevaba el sombrero calado hasta las cejas y observaba el rancho desde su caballo con la expresión evaluativa de alguien que está calculando un problema, no visitando un lugar.
Los cuatro se detuvieron en el borde. Hablaron entre ellos en voz demasiado baja para que el eco del cañón la llevara hasta ella con claridad. Entonces Delaini señaló directamente hacia la casa. Dijo algo y los cuatro comenzaron a descender por el sendero que serpenteaba por la pared del cañón. Lucía tenía quizás 4 minutos. Tomó el fardo de documentos envuelto en ule. Las notas de Tomás, la carta. Los metió dentro de la grieta más profunda que encontró en el muro de la cocina, detrás de la repisa, y cubrió la abertura con la Biblia de los Aguirre y una piedra plana.
Luego se colocó junto a la puerta, rifle en mano, el corazón golpeando tan fuerte que le sorprendió que no se oyera afuera. Cuando llamaron a la puerta, esperó. llamaron de nuevo más fuerte con el golpe seco de quien no está acostumbrado a que le ignoren. Señora Castillo, la voz del sherifff. Sabemos que está dentro. Abra la puerta. Lucía colocó la mano izquierda plana sobre la madera de la puerta. Del otro lado, cuatro hombres armados enviados por un hombre que había mandado matar a su esposo.
En su pecho la carta de Tomás. En la grieta de la pared las pruebas de 12 años de crímenes. Sus manos temblaban. Apretó el rifle y no abrió la puerta. Me encuentro en mi propiedad legal”, dijo en voz alta, “Clara, con la misma voz que había usado durante 8 años para explicar geometría a niños que no querían escuchar. Tengo un rifle y sé usarlo. Si entran sin una orden de un juez federal firmada y presentada bajo la puerta, disparo al primero que cruce el umbral.” Y después añadió, porque era maestra y sabía cuándo el detalle final cambiaba todo.
Mandó una carta al Marshall Harrison en Albuquerque, explicando exactamente quiénes eran y por qué vinieron. Silencio al otro lado, luego pasos retrocediendo, voces bajas, urgentes, y, finalmente, el sonido de caballos que subían por el sendero del cañón y se alejaban hacia el norte. Luciano se movió del lugar durante una hora larga, el rifle todavía en las manos, escuchando el río en el fondo de la barranca y su propio corazón poco a poco recuperando un ritmo que se parecía al de los vivos.
Había ganado esta noche, solo esta noche. Mañana Delini volvería o mandaría a otros o esperaría en el único camino de salida del cañón, que era también el único camino de entrada. Lucía lo sabía con la misma certeza matemática, con que sabía que el sol saldría por el este. Lo que no sabía era cómo resolver la ecuación. Pasó la madrugada leyendo los documentos de las cajas del ejército con la lámpara al mínimo. Eran registros de transferencias de efectivo del ejército de los Estados Unidos correspondientes a los años 1874 y 1875, específicamente de fondos asignados para el pago de contratos de suministro de forraje y provisiones a fuertes militares en el territorio de Nuevo México.
Los contratos llevaban el sello oficial del Departamento de Guerra y el beneficiario en nueve de los 16 contratos revisados era una compañía llamada Mesa Alta Supplies, cuyo propietario registrado, según un documento de Constitución encontrado al fondo de la tercera caja, era Harlan Boss. En 1874, todavía un comerciante sin cargo político, pero ya con las ambiciones bien establecidas. Los contratos eran falsos. Lucía no era abogada, pero había enseñado aritmética durante 8 años y sabía que los números no cuadraban.
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