Sus manos todavía sostenían los papeles cuando el alcalde se permitió sonreír. “Señora Castillo”, dijo Harlan Boss, sin molestarse en bajar la voz ante los hombres que llenaban la oficina del registro de tierras de Río Seco. Su esposo le dejó 12 hactáreas de roca y polvo en el fondo de un cañón que ni los buitres visitan.
Véndamelas ahora por lo que valen, nada. o pásese los próximos años peleando con el desierto. Lucía Castillo tenía 34 años, un vestido negro que olía a vela de difunto y la mirada de quien ha pasado tres noches sin dormir, contando los agujeros que la muerte deja en el mundo. Pero había sido maestra de escuela durante 8 años en Río Seco, Nuevo México, y sabía reconocer cuando alguien intentaba hacerle creer que 2 + 2 eran cinco. Las 12 hectáreas no están en venta, señor alcalde”, respondió y guardó los papeles en el bolso de cuero negro que había sido de su madre.
Era la primera semana de octubre de 1887 y el viento que bajaba por el cañón del olvido traía ya el frío cortante de las alturas. Tomás Castillo había muerto 16 días atrás de manera oficial por una caída de caballo en el camino a Santa Fe.
De manera oficial, Lucía sabía la diferencia entre un hombre que cae y un hombre al que tiran. Porque Tomás le había dicho con voz baja y ojos que no dejaban de mirar la puerta, que había visto algo que no debía ver, que si algo le pasaba, ella debía ir al cañón, al pozo viejo que ya no daba agua. y buscar debajo del corazón de piedra. No explicó qué significaba eso. Tres días después lo encontraron muerto en el camino.
El territorio de Nuevo México en ese año era un lugar donde la ley tenía exactamente el tamaño del hombre que la ejercía y Harlan Boss ejercía todo el poder que su cargo de alcalde le confería, más el que había comprado, prestado e intimidado a lo largo de 12 años, construyendo un dominio de tierras que se extendía desde las praderas del norte hasta los cañones del sur. era el tipo de hombre que sonreía en las fotografías oficiales y mandaba mensajes a sus rivales en sobresitente.
El tipo de hombre ante quien un maestro rural podría haber cometido el error de presenciar algo imperdonable. Lucía había ido al despacho del sherifff al día siguiente del entierro. Tom Delaini era un hombre corpulento con bigote color arena y la costumbre de mirar por encima de la cabeza de las mujeres cuando hablaban. Su esposo cayó del caballo, señora. Hay un testigo. ¿Quién? Un viajero. Ya se fue del territorio. ¿No le parece extraño que Tomás, que llevaba 12 años montando ese mismo camino, cayera justo tr días después de decirme que tenía miedo?
Delaini la miró entonces directamente y en esa mirada había algo que no era indiferencia, sino advertencia. Los accidentes pasan, señora Castillo. Le recomiendo que acepte el trato del alcalde y se marche a vivir con sus familiares. No había familiares. El padre de Lucía había muerto el año anterior, su madre cuando ella tenía 12 años. Y Tomás era el único hogar que había elegido. Era maestra. Sí o lo había sido. La escuela de Río Seco había cerrado dos meses antes porque Vos había suspendido la subvención municipal que la sostenía.
La suspendió justo cuando Tomás empezó a hacer preguntas incómodas. Coincidencias del destino. Las mujeres de Río Seco se habían mostrado compasivas en el velorio, guisados llevados a la puerta. Palabras amables, miradas de lástima genuina. Pero cuando Lucía empezó a mencionar irregularidades, a preguntar en voz alta por qué el sherifff cerraba el caso tan rápido, las visitas se espaciaron. Toña Remedios, que había sido su vecina durante 4 años, la tomó del brazo junto a la tumba aún fresca y le habló con la boca apenas abierta.
Hay cosas que no conviene decir en este pueblo, Lucía. Harlan Boss tiene brazos muy largos. Y se fue sin terminar el café. Así era el mundo en que Lucía Castillo se encontró de pie, sola, frente al escritorio del registro de tierras, sosteniendo los papeles que le dejaban en herencia, 12 haáreas de roca y un pozo seco en el fondo de un cañón que la gente del pueblo llamaba del olvido, por razones que nadie se molestaba en explicar a los forasteros.
El peso de ese desamparo era físico, como una piedra sobre el pecho. Tomás llevado a la tierra a los 38 años, la escuela cerrada, el dinero del mes agotado, el sherifff en el bolsillo del hombre que probablemente había ordenado la muerte de su esposo. Y todo río seco mirando hacia otro lado, con el resignado encogimiento de hombros de los que han aprendido que ciertos molinos no se atacan. Pero Lucía había enseñado durante 8 años a niños que el conocimiento era el único poder que nadie podía quitarte.
Y mientras guardaba los papeles de herencia en el bolso de su madre, mientras el alcalde Voz seguía sonriendo detrás de ella con la certeza cómoda del poderoso que ya ha ganado, pensó en las palabras de Tomás. El pozo que ya no daba agua, el corazón de piedra. Esa noche preparó lo que pudo cargar. Una manta gruesa, el rifle de casa de Tomás con 12 cartuchos contados, media hogasa de pan, un trozo de queso seco, la cantimplora de latón.
enrolló los documentos de herencia dentro del del abrigo. Ató el bolso al lomo del viejo cenizo, el único caballo que vos no había reclamado aún como pago de deudas inventadas, porque era tan flaco y viejo que no parecía valer la molestia. Salió de Río Seco antes del amanecer, sin que nadie la viera partir. El camino al cañón del olvido era una cicatriz pálida en la oscuridad, serpenteando hacia el sur entre arbustos de salvia y formaciones de roca rojiza que el viento había esculpido durante milenios en formas que parecían animales dormidos.
A su izquierda, el río pedregoso corría invisible, pero audible en el fondo del barranco. Su murmullo constante, el único sonido vivo en el mundo. Cuando el sol asomó sobre las paredes del cañón y tiñó la piedra de naranja y ocre, Lucía Castillo vio al fondo del desfiladero, parcialmente oculto entre álamos que habían crecido sin que nadie los podara, el techo hundido y las paredes de adobe desmoronadas, de lo que una vez había sido una propiedad de alguien.
Junto a ella, apenas visible entre la maleza seca, el brocal de piedra de un pozo que ya no daba agua. Desmontó. Se quedó mirando el lugar durante un largo momento con el viento del cañón golpeándole el cabello contra la cara. Entonces, despacio, avanzó hacia el brocal. El pozo tenía quizás 6 m de profundidad y hacía años que no veía agua. Lucía se asomó al brocal y la oscuridad le devolvió el olor a tierra seca y piedra vieja.
Buscó con los ojos el fondo y no vio nada que pareciera un corazón de piedra, ninguna señal de lo que Tomás había intentado decirle, pero tampoco había venido a encontrar respuestas en los primeros 5 minutos. Había venido porque no tenía otro lugar a donde ir y porque su esposo le había pedido que viniera. La propiedad abandonada resultó ser los restos de lo que había sido un rancho mediano, una casa de adobe con el techo parcialmente derrumbado sobre la habitación trasera, pero con la sala principal y la cocina todavía en pie, irrazonablemente sólidas.
Junto a la casa, los esqueletos de madera de un establo que el tiempo había doblado sin terminar de romper. Más allá, un corral cuyas vigas seguían suficientemente erguidas para detener a cenizo. Lucía ató el caballo, tomó el rifle y entró. El interior olía a polvo acumulado durante años, a madera que se había mojado y secado demasiadas veces. En la sala principal había una mesa volcada, dos sillas rotas y las marcas rectangulares en el adobe donde alguna vez colgaron cuadros o fotografías.
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