Victoria no se ofendió. De hecho, parecía haber esperado esa respuesta.
—Si tus documentos sostienen tu versión, mis abogados pueden mover el caso. Va a tardar meses.
—Lo sé. Solo necesito que alguien lo mire y admita que vale la pena mirarlo.
Victoria asintió.
Cuatro meses después, la nota de mala conducta desapareció oficialmente de su historial. La junta de ingenieros reclasificó el caso como no sustentado. El responsable de la manipulación renunció discretamente a su nuevo puesto en otra empresa. La noticia ocupó dos líneas en un boletín del sector.
Elías la leyó en silencio en su escritorio del piso cuarenta y siete. No sintió la explosión de triunfo que había imaginado durante los peores meses. Sintió otra cosa. Algo más quieto, más verdadero.
Restauración.
La demostración de Atlas, en mayo, fue un éxito rotundo. Tres clientes firmaron cartas de intención ese mismo día. El sistema rindió al ciento cuatro por ciento del objetivo previsto. Al final, mientras se retiraban las bandejas del catering, Victoria pasó junto a su silla y dijo sin detenerse:
—Las métricas se sostuvieron.
En boca de Victoria Hidalgo, eso equivalía a una ovación.
Seis meses más tarde, Luna visitó por primera vez la oficina. Se sentó junto al escritorio de su padre, comiendo una barra de granola mientras él terminaba de orientar a dos ingenieros jóvenes. Victoria pasó por la puerta, se detuvo, entró y, para sorpresa de todos, se agachó hasta quedar a la altura de la niña.
—Tú debes ser Luna.
La niña la examinó con seriedad.
—Usted es la jefa.
—Sí.
—Mi papá dice que usted es muy buena en su trabajo.
Victoria miró a Elías, que hacía un esfuerzo visible por no sonreír.
—Tu papá es muy bueno en el suyo —respondió ella.
Luna asintió, satisfecha.
—Ya lo sabía. Se lo dije.
Victoria soltó una sonrisa breve, casi secreta, y luego se enderezó.
—Buen trabajo esta semana, Elías.
Se fue.
Luna esperó a que desapareciera por el pasillo y luego murmuró:
—Le caes bien.
—No inventes.
—No invento. Solo observo.
Él soltó una risa, quizá la primera verdaderamente tranquila en mucho tiempo.
Meses después, Elías y Luna se mudaron a un departamento más amplio, con un cuarto para ella y una mesa donde por fin podían cenar sin apilar facturas entre los platos. Guardó el overol gris en el clóset, detrás de los sacos nuevos. No lo tiró. No podía.
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