Alma.
El rostro de doña Jacinta cambió primero. Ya no era solo desafío. Era alarma.
—Carajo… —murmuró, y corrió hacia adentro.
Rodrigo dio un paso para seguirla, pero ella se volvió en seco.
—Si cruza esa puerta, le juro por la tumba de mi hijo que le entierro el cuchillo del pan en la garganta.
El tono bastó.
En el pasillo, Alma se doblaba sobre sí misma, las manos apretadas al vientre, bañada en sudor.
—Me duele… me duele mucho…
Doña Jacinta puso la mano sobre la barriga y entendió al instante.
—El niño viene.
Rodrigo, desde la puerta, palideció.
—No puede ser. Todavía falta.
—A los niños nadie les avisa cuándo llegar —escupió la viuda.
Y entonces el imprevisto lo trastocó todo.
No había médico cerca. No había partera a mano. La carretera seguía lodosa por la tormenta. Y aunque Rodrigo lo ocultó bien, el miedo cruzó sus ojos por primera vez. La vida real, con sangre, dolor y parto, era mucho más difícil de manejar que una amenaza.
—Ayúdeme a llevarla a la cama —ordenó doña Jacinta, sin pensar ya en bandos.
Él se quedó inmóvil apenas un segundo, pero obedeció.
Entre los dos llevaron a Alma al cuarto del fondo. El mismo cuarto del hijo muerto de doña Jacinta, el que esa mañana todavía olía a pasado guardado. La acostaron sobre la cama. La viuda encendió el quinqué, puso agua a hervir, trapos limpios, y la casa entera se transformó.
El dolor llegaba en oleadas. Alma gritó. Lloró. Maldijo. Se quebró. Doña Jacinta le sostuvo la mano y le dio instrucciones con la voz firme de quien no tiene tiempo de asustarse. Afuera, los otros hombres esperaban en la varanda sin atreverse a entrar.
Rodrigo se quedó en la puerta, blanco, inútil, mirando cómo una mujer a la que vino a intimidar se convertía en muralla, refugio y fuerza.
—Respira —decía doña Jacinta—. Cuando venga la ola, empuja. Así. Eso. No te me rindas. Ya casi, m’ija. Ya casi.
Horas después, con el alba apenas clareando, un llanto pequeño llenó la casa.
Un niño.
Doña Jacinta lo envolvió en el viejo cobertor azul que llevaba décadas guardado. Se lo entregó a Alma con las manos todavía temblorosas de emoción.
—Es un varón —dijo, y la voz se le rompió apenas.
Alma lo recibió llorando, riendo, agotada y viva.
—Se va a llamar Gabriel —susurró—. Porque vino como un mensaje… cuando ya no creía que hubiera salida.
Rodrigo seguía en la puerta cuando el bebé lloró por segunda vez. Miró esa escena —la madre exhausta, el niño recién nacido, la anciana cubriéndolos como una gallina cubre a sus polluelos— y bajó los ojos. Algo en él se quebró. Tal vez la obediencia. Tal vez la idea de que todavía estaban a tiempo de arreglar “el problema”.
Sin decir palabra, salió de la casa.
Doña Jacinta pensó que volvería con más hombres.
Pero no.
A media mañana, llegó otro coche.
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