Una viuda descubre a una joven embarazada durmiendo debajo del gallinero y descubre… Entonces hace esto

Una viuda descubre a una joven embarazada durmiendo debajo del gallinero y descubre… Entonces hace esto

Faros.

Un coche avanzaba despacio por la carretera de terracería. No iba de paso. Iba mirando. Ella apagó el quinqué de la cocina y observó a oscuras. El auto se quedó quieto varios segundos frente a la entrada del rancho, como si alguien desde adentro estuviera vigilando la casa. Después se fue.

A la mañana siguiente, encontró huellas de botas en el lodo junto al gallinero.

No eran de Alma.

Al enfocarlas con la linterna, Alma apareció en la puerta de la cocina y se puso pálida.

—Son de él —susurró.

—¿Del padre?

—No. Del hermano.

No habían pasado ni tres horas cuando el coche volvió. Esta vez lo vio claramente. Negro, grande, sin placas delanteras. Bajó un hombre alto, de camiseta oscura, botas pesadas y una calma fría que no le gustó nada a doña Jacinta.

Ella salió a recibirlo antes de que llamara.

—Buenos días —dijo él, deteniéndose en la varanda—. Busco a una muchacha. Joven. Embarazada. Pasó por aquí anoche.

—Aquí solo tengo gallinas y café —respondió la viuda.

El hombre sonrió sin alegría.

—Si la señora la está escondiendo, sería mejor no complicar las cosas.

Doña Jacinta no se movió.

—Y sería mejor que usted no estuviera amenazando en casa ajena.

Él dio un paso más.

—No es asunto suyo.

La viuda clavó los ojos en los de él.

—Ahora sí lo es.

Durante un segundo, el aire pareció tensarse. El hombre la evaluó. Vio sus años, su cuerpo pequeño, su vestido sencillo. Seguramente creyó que bastaría alzar la voz. No entendió con quién estaba hablando.

—Algunas pérdidas son necesarias —murmuró él.

Y entonces doña Jacinta respondió con una verdad que llevaba enterrada demasiado tiempo.

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