No era lástima. Era algo más incómodo. Vergüenza, quizá. Admiración. Un golpe brutal de realidad. Se quedó un momento dentro del coche, mirando la diferencia obscena entre sus asientos de piel y aquella casa que se sostenía con ingenio y necesidad. Debió irse. Debió arrancar y olvidar lo que había visto. Pero no pudo.
Bajó.
Camila estaba dentro cuando oyó el carraspeo desde la entrada. Corrió la cortina que hacía de puerta y se quedó congelada al verlo ahí, con los zapatos hundidos en el polvo, el reloj carísimo brillando bajo el sol de la tarde.
Por un segundo no supo qué la humillaba más: que la hubiera seguido o que ahora él estuviera viendo aquello.
—Señor Villaseñor… —murmuró.
Alejandro tragó saliva. Toda la seguridad que tenía en una junta de negocios se le fue de golpe.
—Perdón. No debí venir así.
Antes de que Camila pudiera responder, una voz anciana salió del interior.
—¿Quién es, mija?
Apareció doña Refugio, su abuela, encorvada pero con los ojos afilados como cuchillo viejo. Miró a Alejandro de arriba abajo y luego a Camila, que estaba roja de vergüenza.
—No parece cobrador —dijo la anciana—. Si ya vino, que pase. Aquí no dejamos gente parada en la puerta.
Camila quiso protestar, pero ya era tarde.
Alejandro entró y el interior le apretó el alma todavía más. El piso era de tierra apisonada. Había una mesa de plástico con tres sillas desiguales, una estufa pequeña, un colchón contra la pared y, en el rincón más iluminado de la casa, algo que lo dejó sin palabras: una biblioteca hecha completamente de cartón reforzado.
No era un montón de cajas apiladas sin más. Era una estructura ingeniosa, firme, bien pensada, con niveles separados, esquinas dobles, base ancha y refuerzos internos. Sobre ella descansaban libros forrados con cuidado, cuadernos, diccionarios usados y un globo terráqueo pequeño sin base. En el piso, leyendo bajo un foco desnudo, estaba Nico.
El niño levantó la vista.
—Buenas tardes.
Alejandro respondió automáticamente, incapaz de apartar los ojos de la biblioteca.
Camila, muerta de pena, dejó un vaso de jugo frente a él.
—Las cajas… son para eso —dijo al fin, casi en un susurro—. Para los libros de mi hermano. Si las doblas bien y las refuerzas, aguantan. Y cuando llueve, también ayudan a tapar.
Nico intervino con orgullo.
—Mi hermana la hizo toda sola. Y cada sábado me lleva a la biblioteca del centro. Dice que aunque no tengamos dinero, nadie nos puede quitar lo que aprendemos.
Esa frase terminó de romper algo dentro de Alejandro.
No dijo ninguna tontería compasiva. No preguntó por qué vivían así. No ofreció dinero. Solo se quedó mirando a Camila con un respeto limpio, nuevo, que ella notó y que por alguna razón la conmovió más que la caridad.
Antes de irse, dijo:
—Mañana quisiera hablar contigo. Pero si no quieres, lo voy a entender.
Camila pasó la noche entera sin dormir. Se imaginó un despido disfrazado, una propuesta humillante, una limosna elegante. Se prometió no aceptar nada que la hiciera sentir pequeña.
Al día siguiente, Alejandro la esperó en una pequeña sala vacía del piso quince.
Camila llegó con la espalda recta y la desconfianza encendida.
—Si me va a ofrecer ayuda por lástima, mejor dígamelo de una vez para ahorrarnos tiempo.
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