Sus hijos, Marco y Paolo, aún eran jóvenes. Tenían sueños grandes, pero los bolsillos vacíos. Y aunque la vida parecía haberle quitado todo, Teresa se negó a permitir que también les robara el futuro.

Sus hijos, Marco y Paolo, aún eran jóvenes. Tenían sueños grandes, pero los bolsillos vacíos. Y aunque la vida parecía haberle quitado todo, Teresa se negó a permitir que también les robara el futuro.

Experiencia.

Y la oportunidad llegó… lejos de casa.

Antes de partir del aeropuerto de la Ciudad de México, abrazaron a su madre con fuerza.

—Ma, vamos a regresar —dijo Marco.

—Cuando logremos nuestro sueño, tú vas a ser la primera en subir a nuestro avión —prometió Paolo.

Teresa los abrazó con fuerza.

—No se preocupen por mí. Solo cuídense.

Y comenzó la espera.

Veinte años.

Veinte años de llamadas ocasionales.
De mensajes de voz.
De videollamadas que aprendió a usar gracias a una vecina.

Veinte años celebrando cumpleaños sola.

Cada vez que escuchaba un avión cruzar el cielo, salía al patio y miraba hacia arriba.

—Tal vez ahí va mi hijo… —susurraba.

Su cabello se volvió completamente blanco.

Sus pasos, más lentos.

Pero su esperanza nunca murió.

Hasta que una mañana todo cambió.

Mientras barría la entrada de su casa, tocaron a la puerta.

Pensó que sería algún vecino.

Pero cuando abrió…

Se quedó sin aliento.

Dos hombres altos, uniformados, con insignias brillando en el pecho, estaban frente a ella.

—Ma… —dijo uno con la voz quebrada.

Era Marco.

A su lado estaba Paolo.

Con uniforme de Aeroméxico.

Con flores en las manos.

Con lágrimas en los ojos.

Teresa se llevó las manos al rostro.

—¿Son ustedes… de verdad?

Los abrazó con una fuerza que parecía querer recuperar los veinte años perdidos.

Los vecinos comenzaron a salir de sus casas.

—Ya estamos en casa, mamá —dijo Paolo.

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