El banquero llamaba a su almacén un desguace; cuando aquel motor oxidado arrancó, un coleccionista pagó 250.000 dólares en efectivo.
Una mañana de martes de marzo de 1987, un BMW negro avanzó lentamente por el camino de grava del rancho Herrera, levantando una nube de polvo pálido bajo el sol seco de Jalisco. Don Ezequiel Herrera, sentado en la mecedora del corredor, vio acercarse el automóvil y no necesitó preguntar quién venía. Llevaba tres meses esperando esa visita.
Primero habían llegado las cartas certificadas. Luego las llamadas. Después, los avisos cada vez más fríos y más duros del Banco Regional de Occidente, de Guadalajara. Veintitrés mil dólares vencidos. Intereses acumulándose. Acción legal inminente.
Don Ezequiel tenía setenta y cuatro años. Había trabajado esas tierras desde los veintidós, desde el día en que su padre le entregó las llaves del tractor viejo y le dijo: “Ahora te toca a ti, mijo. Cuídalas como si fueran sangre”. Y él lo había hecho. Había cuidado esa tierra en los años generosos y en los años crueles, en tiempos de lluvias abundantes y en épocas de sequía, cuando el maíz subía y cuando no valía ni el esfuerzo de cosecharlo. Allí había criado a sus tres hijos. Allí había enterrado a su esposa, Elena, bajo la sombra del roble grande. Allí había visto correr a sus nietos entre los surcos donde él aprendió a arar siendo apenas un muchacho.
Pero los años ochenta habían sido despiadados con hombres como él. Los precios del campo se desplomaron. Los intereses crecieron como maleza. Las deudas que en 1979 parecían manejables se convirtieron, para 1987, en una sentencia de muerte.
Del BMW bajó un hombre joven, de traje impecable, zapatos brillantes y corbata oscura. Cargaba un portafolios de cuero y una expresión ensayada: una mezcla de firmeza y falsa compasión. Se llamaba Adrián Salazar, tenía veintiocho años y trabajaba para el banco desde hacía cuatro. Había empezado como cajero, después pasó al área de créditos y hacía poco lo habían ascendido a “especialista en recuperación de activos agropecuarios”, un título elegante para el hombre que iba a los ranchos en crisis a conseguir firmas y llevarse propiedades.
Adrián nunca había trabajado la tierra. Había crecido en una colonia acomodada de la Ciudad de México, estudiado finanzas en Monterrey y aceptado mudarse a Guadalajara porque el banco le ofreció más dinero del que nadie más estaba dispuesto a pagarle. Se consideraba un profesional moderno: mente rápida, voz segura, trajes finos, ambición clara. Miraba a los rancheros como gente aferrada a un mundo viejo, lento y condenado a desaparecer.
En el último año había cerrado dieciséis embargos. Dieciséis familias obligadas a entregar lo que tenían. Dieciséis viajes de regreso con documentos firmados en el portafolios y una comisión más en la cuenta bancaria. El rancho Herrera iba a ser el número diecisiete.
Adrián cerró la puerta del coche, se acomodó la corbata y subió los tres escalones del corredor.
—Don Ezequiel Herrera —dijo, extendiendo la mano con una cordialidad perfectamente practicada—. Adrián Salazar, del Banco Regional de Occidente. Creo que hablamos por teléfono.
Don Ezequiel no le dio la mano. Lo miró de arriba abajo: el saco que costaba más que un mes de despensa, los zapatos que jamás habían tocado lodo, la sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Sé quién es.
La mano de Adrián quedó suspendida un segundo, luego cayó con disimulo.
—Entonces sabe por qué estoy aquí. El banco ha sido más que paciente. Son veintitrés mil dólares, cuatro meses vencidos. Hemos enviado cartas, hecho llamadas…
—Las recibí todas.
—Entonces comprende la situación. El banco está preparado para iniciar el procedimiento de embargo, pero preferiría manejar esto de manera amistosa. Si firma hoy la entrega voluntaria, evitamos costos legales, subasta pública y…
—Y la humillación —terminó Don Ezequiel, sin levantar la voz—. Eso quiere decir, ¿no? Firme calladito, no haga ruido, desaparezca con dignidad.
La sonrisa de Adrián vaciló apenas. Esa no era la reacción habitual. Para cuando él llegaba, la mayoría de los rancheros estaban vencidos, desesperados, listos para firmar cualquier cosa con tal de terminar la pesadilla. Pero Don Ezequiel no parecía derrotado. Parecía un hombre esperando algo.
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