IBA A MATAR A BALAZOS A ESE PERRO CALLEJERO PORQUE CREÍ QUE LLEVABA UN ANIMAL MUERTO EN EL HOCICO. PERO CUANDO RESBALÓ EN EL LODO, LO QUE CAYÓ DE SU PELAJE EMPAPADO EN SANGRE ME DESTROZÓ EL ALMA Y ME HIZO CAER DE RODILLAS BAJO LA TORMENTA.

IBA A MATAR A BALAZOS A ESE PERRO CALLEJERO PORQUE CREÍ QUE LLEVABA UN ANIMAL MUERTO EN EL HOCICO. PERO CUANDO RESBALÓ EN EL LODO, LO QUE CAYÓ DE SU PELAJE EMPAPADO EN SANGRE ME DESTROZÓ EL ALMA Y ME HIZO CAER DE RODILLAS BAJO LA TORMENTA.

CAPÍTULO 1

La lluvia caía esa madrugada como si el cielo quisiera borrar a nuestra colonia del mapa. El agua golpeaba las láminas de cartón y zinc de los techos con una furia sorda, ahogando cualquier otro sonido en estas calles donde la vida vale lo mismo que un casquillo percutido. Yo tenía el dedo índice pegado al gatillo de mi vieja escuadra calibre .38, apuntando directamente a la cabeza de esa bestia mugrienta, sin saber que estaba a punto de cometer el peor error de mi miserable vida.

Llevo diez años trabajando como velador en este cerro, diez años caminando entre el lodo, la basura y los perros callejeros que se multiplican como una plaga. Me llamo Mateo. Antes de esto, fui policía municipal. Fui, hasta que un enfrentamiento me dejó con una cojera permanente, el alma podrida y una pensión de miseria que apenas me alcanza para el alcohol que uso para dormir. En este barrio, si no tienes el corazón duro, te comen vivo. Y yo había decidido endurecer el mío hace mucho tiempo.

Esa noche, el frío te calaba hasta los huesos. Había estado haciendo mi ronda cerca del mercado viejo, alumbrando con mi linterna de pilas a punto de morir, cuando la vi. Doña Carmen estaba ahí, bajo el toldo de su puesto de tamales, empapada. Doña Carmen es una de esas mujeres que parecen cargar el peso del mundo en los hombros. Tiene más de sesenta años, la cara surcada de arrugas profundas y unos ojos que siempre parecen estar buscando a alguien. Busca a su nieto, de hecho. Se lo llevaron hace cinco años de una parada de microbús y nunca más se supo de él. Desde entonces, Carmen se volvió como un fantasma que alimenta a los otros fantasmas de la colonia: los perros callejeros.

“Ya métase, Doña Carmen”, le había dicho yo un par de horas antes, sacudiendo el agua de mi impermeable de hule. “Se va a pescar una pulmonía y esos animales sarnosos no le van a pagar el doctor”.

Ella me miró mientras le arrojaba unos pedazos de bolillo a un par de perros famélicos. “Déjelos, Mateo. Tienen hambre. Dios nos juzga por cómo tratamos a los que no tienen voz”.

Me reí con amargura. “Dios no se da sus vueltas por este cerro, seño. Y esos perros nomás traen rabia y basura. Un día de estos van a morder a un chamaco y yo voy a tener que meterles plomo”.

No era una amenaza vacía. Había un perro en particular, uno al que los vagos del barrio le decían “El Diablo”. Era un cruce de pitbull con quién sabe qué, enorme, negro como la noche, lleno de cicatrices de mil peleas callejeras y con media oreja arrancada. Era el rey de la basura. Todos le tenían miedo. Yo mismo había tenido que espantarlo a palazos un par de veces cuando se ponía agresivo cerca de los botes de la carnicería.

A las tres de la mañana, la tormenta arreció. Los truenos hacían vibrar el pavimento agrietado. Estaba resguardado bajo la cornisa de la farmacia de Similares, intentando encender un cigarro con las manos entumecidas, cuando escuché el ruido. No era el viento. Era el sonido inconfundible de algo pesado siendo arrastrado por el lodo, acompañado de un gruñido ronco y ahogado.

Saqué mi linterna y encendí el haz de luz amarillenta, cortando la cortina de agua.

Allí estaba él. El Diablo.

Venía bajando por la calle empinada, caminando con dificultad. Cojeaba de la pata trasera izquierda, y su pelaje negro estaba apelmazado por el agua y una sustancia oscura y espesa que, bajo la luz de la linterna, brilló con un inconfundible tono carmesí. Sangre. Estaba bañado en sangre. Pero no era eso lo que hizo que la sangre se me helara en las venas.

En sus fauces, apretado con fuerza, traía un bulto.

Era un amasijo de trapos, bolsas de plástico y carne, empapado de lluvia y mugre. De las fauces del perro colgaba lo que parecía ser una extremidad pálida. El olor a hierro y podredumbre pareció ganarle al olor a tierra mojada. Mi mente de expolicía conectó los puntos de inmediato. Los perros del cerro, cuando el hambre aprieta, escarban donde no deben. A veces encuentran animales muertos. A veces… encuentran cosas peores que los cárteles tiran en los barrancos.

Pero el instinto me dijo que esto era fresco. El perro venía gruñendo, arrastrando a su presa, con los ojos clavados en mí. Pensé en los gatos de la vecindad, pensé en los cerdos del rastro clandestino, pero la forma de ese bulto, el peso con el que caía en el lodo a cada paso del animal, me revolvió el estómago.

“¡Suelta eso, cabrón!”, le grité, mi voz compitiendo con la tormenta.

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