Se acercó a la pared del fondo, esa que siempre estuvo cubierta por estanterías llenas de cajas.
Y me susurró al oído:
—Ellos creen que nos tienen atrapados… pero no saben lo que hay detrás de esta pared.
Lo miré confundida.
Nunca habíamos tenido secretos entre nosotros. Jamás.
—¿De qué hablas? —pregunté.
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos arriba y voces discutiendo.
Y entonces reconocí otra voz.
Era Raúl.
Nuestro hijo.
Pero no sonaba como esperaba.
Sonaba nervioso.
Desesperado.
Como si algo no estuviera saliendo según su plan.
Ernesto apoyó la mano en uno de los ladrillos y comenzó a presionar en un punto específico.
Un sonido hueco respondió desde dentro del muro.
Mi respiración se detuvo.
Porque comprendí que había algo oculto en nuestra propia casa… algo que ni siquiera yo conocía.
Y justo en ese momento, escuchamos a uno de los hombres gritar desde arriba:
—¡Encuéntrenlos ahora! ¡Algo salió mal!
Ernesto me miró fijamente y dijo:
—Prepárate… porque cuando crucemos al otro lado, nada volverá a ser igual.
Y en el piso de arriba, alguien comenzó a bajar las escaleras del sótano.

Los pasos en la escalera de madera resonaban, uno tras otro.
Croc… crac… croc… crac…
Cada sonido parecía aplastarme el pecho. Apreté con fuerza la mano de Ernesto, temblando. La puerta del sótano vibró cuando el hombre de arriba intentó abrirla y el sonido de la llave girando rompió el silencio.
Ernesto no miró hacia arriba. Seguía concentrado en la pared.
Sus dedos recorrían las juntas de los ladrillos como si leyera en braille. De pronto, presionó con fuerza un punto específico cerca del suelo.
¡Crack!
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