El Dueño Millonario de la Hacienda que se Disfrazó de Campesino para Probar el Amor de su Prometida

El Dueño Millonario de la Hacienda que se Disfrazó de Campesino para Probar el Amor de su Prometida

Al regresar al campo de cultivo, la escena había cambiado drásticamente. El arado de madera seguía allí, pero Esteban ya no vestía la camisa azul rota. Estaba apoyado en una camioneta negra blindada de último modelo, rodeado por dos hombres con trajes oscuros y carpetas de cuero. Uno de ellos era el Juez de Distrito, un hombre que Valeria conocía de los círculos sociales más altos.

Esteban la vio llegar. Su mirada ya no era la del hombre humilde y enamorado. Era la mirada fría y calculadora del empresario que había construido una fortuna desde cero. Valeria bajó del auto, esta vez sin importarle que el polvo manchara su vestido.

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—¡Esteban! ¡Mi amor! —gritó ella con lágrimas que esta vez sí eran reales, nacidas del miedo a la pobreza—. Por favor, perdóname. Me sentía mal, el sol me afectó, no sabía lo que decía. Yo te amo, no importa si eres campesino o lo que sea. ¡Lo dije sin pensar!

Esteban le hizo una señal a sus escoltas para que retrocedieran. Se acercó a ella, pero mantuvo una distancia que se sentía como un abismo de kilómetros.

—Es curioso, Valeria —dijo él, sacando un documento de su bolsillo—. Hace dos horas me dijiste que te avergonzabas de mí. Me dijiste que olía a tierra y sudor. ¿Sabes qué es esto? Es el acta de traspaso de la mansión de tus padres. Pensaba dársela como regalo de bodas para que ellos nunca tuvieran que preocuparse por su vejez.

Valeria intentó tomarle la mano, pero él la retiró con firmeza.

—Querías el título sin el trabajo, el dinero sin el esfuerzo, y el lujo sin el sacrificio —continuó Esteban—. Pero la tierra no miente. Si no cuidas la semilla, la planta muere. Tú mataste lo que sentía por ti en el momento en que despreciaste el origen de mi riqueza: el trabajo duro.

—¡Puedo cambiar! —suplicó ella, cayendo de rodillas sobre la misma tierra que antes le daba asco—. Te lo demostraré. Trabajaré aquí contigo si es necesario.

Esteban soltó una carcajada amarga. Miró al Juez y le entregó el documento.

—Señor Juez, proceda con el trámite de desalojo y la liquidación de las bodegas. No habrá más extensiones de pago.

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Valeria se quedó gélida. El momento de máxima tensión había llegado. Esteban se dio la vuelta para subir a su camioneta, pero antes de cerrar la puerta, se detuvo y la miró una última vez. El secreto que estaba por revelar cambiaría la vida de Valeria para siempre, y no de la forma que ella esperaba.

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