Su traje de sastre, un corte italiano color azul noche que costaba más que el salario anual de cualquier persona en esa tienda, contrastaba violentamente con los mandiles, las camisetas de equipos de fútbol y la ropa de trabajo desgastada de quienes lo rodeaban. Arturo Garza, un nombre que en los rascacielos de Polanco y Santa Fe se pronunciaba con absoluto respeto y bastante miedo, estaba allí de pie, tamborileando sus dedos con impaciencia sobre la gastada banda transportadora.
Arturo había levantado un imperio inmobiliario de la nada. El acero, el concreto y una voluntad despiadada habían sido sus únicas herramientas. Sin embargo, ese día, una llanta ponchada en su camioneta blindada y la torpeza de su chofer lo habían obligado a refugiarse en ese supermercado de barrio para comprar una botella de agua y algo de fruta mientras esperaba el repunte del tráfico. Se sentía como un león encerrado en un corral ajeno, juzgando en silencio la lentitud de la cajera y el caos del lugar.
Cuando por fin llegó su turno, ni siquiera se dignó a mirar a la mujer detrás del mostrador. Simplemente deslizó su tarjeta negra, esa pesada pieza de metal que le abría las puertas del mundo entero, por la terminal. Esperaba el rápido sonido de aprobación para largarse de ahí.
Pero el sonido nunca llegó. En su lugar, un pitido agudo y molesto cortó el ambiente.
La cajera, una mujer llamada Leticia, con el ceño fruncido por 10 horas de turno y un evidente hartazgo hacia los “mirreyes” prepotentes, miró la pantalla y luego lo escrutó de arriba abajo.
—Rebotó. Denegada —dijo Leticia con voz seca, alzando el volumen lo suficiente para que la señora del carrito de atrás y los demás clientes se enteraran.
Arturo frunció el ceño, un gesto que en su oficina hacía temblar a directores generales.
—Es imposible. Pásela otra vez, los sistemas de estos lugares siempre fallan —ordenó, con ese tono de voz de quien está acostumbrado a que el mundo entero le rinda pleitesía.
Leticia soltó un bufido, masticó su chicle con descaro y volvió a insertar la tarjeta con una lentitud exagerada, casi teatral. El resultado fue idéntico. La terminal parpadeó en rojo: FONDOS INSUFICIENTES.
Por un segundo, el universo de Arturo colapsó. Él, el empresario que movía cientos de millones con una firma, estaba varado, incapaz de pagar 1 botella de agua y 2 manzanas. Seguramente era un bloqueo de seguridad del banco por usarla en una zona inusual, pero la razón técnica no importaba. Lo que importaba era el circo que se estaba armando.
La atmósfera cambió de inmediato. La gente en la fila, que minutos antes miraba de reojo su reloj Rolex con envidia, ahora olía sangre. El clasismo a la inversa brotó como fuego.
—Mírenlo, muy fifí, muy de las Lomas, pero no trae ni un peso partido por la mitad —se burló un muchacho con gorra, sacando su celular para grabarlo—. Puro farol.
—Tanto pinche traje caro para venir a dar lástima —carcajeó una señora mayor, apoyada en su carrito lleno de despensa.
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