—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.

—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.

—Ya lo somos.

Luego ella tomó su mano y la llevó despacio hasta su vientre.

—Y vamos a ser más.

Tomás tardó un segundo en entender.

Cuando lo hizo, soltó una risa ahogada y la abrazó tan fuerte que Elena sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.

—¿De veras?

—De veras.

Cinco años después, el rancho amanecía con ruido de niños en vez de silencio.

Mateo y Gael corrían entre las gallinas. Helena, la hija que nació de ese segundo comienzo, recogía huevos en un delantal demasiado grande para su cuerpo. Otro niño más pequeño dormía en una hamaca cerca de la cocina. Las tierras habían crecido, los corrales estaban llenos, la huerta rebosaba de vida y la casa ya no conocía la soledad.

A veces, al atardecer, Elena y Tomás se sentaban en el corredor con una taza de café y miraban a sus hijos jugar.

—¿Te arrepientes de haber tocado aquella puerta? —preguntó ella una vez.

Tomás la miró, luego miró el campo, la casa, los niños, la mujer a su lado.

—Jamás —respondió—. Aquella noche pensé que estaba pidiendo refugio. Y en realidad estaba encontrando mi hogar.

Elena apoyó la cabeza en su hombro.

Y mientras el viento movía suavemente los maizales y la risa de los niños llenaba el aire, ambos supieron que algunas puertas no se abren solo para dejar pasar a alguien del frío.

A veces se abren para dejar entrar la vida entera.

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