Diego me miró durante largo rato.
—¿Y usted? —preguntó finalmente—. ¿Vendría si estuviera en su lugar?
Pensé unos segundos.
—Si supiera que mi madre tiene pocos meses de vida… sí.
Diego no respondió.
Aquella noche no dormí bien.
Cerca de las dos de la madrugada escuché pasos suaves en el pasillo.
Salí de mi habitación.
Vi a doña Carmen caminando lentamente hacia las escaleras.
—Doña Carmen… ¿necesita algo?
Se detuvo y me miró.
Sus ojos parecían más cansados que nunca.
—A veces pienso… —susurró— que si bajo hasta la puerta… él podría estar allí.
—¿Mateo?
Asintió.
La ayudé a volver a la cama.
Antes de irme, dije:
—Tal vez debería escribirle.
Doña Carmen sonrió con tristeza.
—Ya no tengo fuerzas para escribir cartas.
Me senté junto a ella.
—Entonces díctemela.
Me miró sorprendida.
—¿Lo harías?
—Claro.
Guardó silencio unos segundos.
Luego empezó a hablar muy despacio.
Yo escribía cada palabra en mi portátil.
«Mateo, si lees estas líneas significa que el tiempo empieza a faltarme.
No te llamo para pedir explicaciones ni para pedir perdón.
Solo quiero verte una vez más».
Cuando terminé, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Doña Carmen cerró los ojos.
—Envíala —susurró.
Busqué su dirección en sus antiguos contactos y envié el mensaje.
Pasó un día.
Luego otro.
No hubo respuesta.
El silencio de la casa parecía más pesado que antes.
Al tercer día por la mañana estaba leyéndole un libro cuando mi teléfono vibró.
Un correo nuevo.
De Mateo.
Sentí que el corazón me latía con fuerza mientras lo abría.
Solo había una frase.
«Llegaré mañana».
Levanté la vista hacia doña Carmen.
—Viene.
Ella frunció el ceño.
—¿Quién?
—Mateo.
Durante unos segundos no reaccionó.
Luego sus ojos se llenaron de una luz que no había visto antes.
—¿De verdad?
—Sí.
Esa tarde Diego llegó antes de lo habitual.
Le conté.
Durante un largo rato no dijo nada.
Finalmente suspiró.
—Está bien.
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