Parte 2…

No regresé a casa ese día.
Caminé durante horas por el Centro Histórico de la Ciudad de México. Me senté frente al Palacio de Bellas Artes y miré a la gente pasar.
No lloré.
Porque llorar alivia el alma,
pero nubla la estrategia.
Y yo necesitaba estrategia.
Esa misma tarde llamé a Isabel Torres, la mujer que durante años trapeó oficinas conmigo en Paseo de la Reforma mientras los ejecutivos dormían tranquilos.
Ahora trabajaba como auxiliar en un despacho jurídico.
—Necesito ayuda —le dije—. Y necesito que nadie lo sepa.
No me interrumpió. No dudó.
—Carmen… esto no es solo abuso. Es delito.
Al día siguiente estábamos sentadas frente al notario cuyo nombre aparecía en la supuesta declaración de incapacidad.
Entré con la espalda recta.
Entregué mi credencial del INE.
Mis contratos bancarios originales.
Y una libreta vieja, gastada, donde durante cuarenta años anoté cada depósito, cada retiro, cada interés ganado.
El notario revisó la firma.
Luego me miró.
Luego volvió a mirar el documento.
Palideció.
—Señora Hernández… esta firma no coincide con la suya.
No coincidía.
Porque no era mía.
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