La luz tembló. Iluminó un rostro pálido, mojado, con el cabello pegado a la frente y unos ojos enormes, llenos de miedo y fiebre.
Era una muchacha.
Muy joven.
Estaba acurrucada debajo del gallinero, temblando, abrazándose el vientre con ambas manos como si ese fuera el único sitio seguro del mundo. Y estaba embarazada, visiblemente embarazada.
Doña Jacinta dio un paso atrás por instinto. Luego avanzó dos al frente por otro instinto más fuerte: el de madre.
—Virgen santísima… —murmuró—. M’ija, ¿qué estás haciendo ahí?
La joven quiso responder, pero el frío le sacudía la boca. Apenas salió un sollozo ahogado.
Doña Jacinta se agachó sin importarle que el vestido se le llenara de lodo. Puso la linterna sobre una piedra, alargó las manos y habló con esa autoridad tranquila que solo tienen las abuelas.
—Te voy a sacar. ¿Sí me oyes? No te me asustes. Despacio… así… eso.
La muchacha estaba débil, pegada al barro, frenada por el miedo. Costó trabajo, pero al final logró salir. Cuando quedó de pie, se tambaleó, y doña Jacinta la sostuvo como quien recoge un pájaro empapado.
—Vente conmigo. Mi casa será humilde, pero está caliente. Y primero te voy a dar café. Luego hablamos.
La joven quiso protestar, pero no pudo. Solo lloró en silencio.
De regreso a la cocina, la lluvia parecía caer más fuerte. Doña Jacinta le echó encima su propio rebozo y la condujo hasta adentro. La luz amarilla, el calor de la estufa y el olor del café envolvieron a la joven como un abrazo.
—Quítate esa ropa mojada —ordenó con suavidad, señalando el cuartito del lado—. Ahí te dejo un vestido mío. No será bonito, pero está seco. Y seco ya es una bendición.
La muchacha dudó. Miró alrededor con esa desconfianza de quien lleva demasiado tiempo huyendo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó doña Jacinta mientras calentaba leche.
—Alma —respondió ella al fin, en un susurro.
Doña Jacinta sintió que algo en su pecho se aflojaba. Alma. Nombre corto. Nombre de muchacha que todavía podía salvarse.
Cuando la joven desapareció en el cuartito, algo cayó al suelo. Era un papel doblado, arrugado, húmedo. Doña Jacinta lo recogió despacio y lo abrió con cuidado. La tinta estaba corrida, pero aún se alcanzaba a leer una frase:
Si alguien me encuentra, por favor no diga nada. Me están buscando.
La viuda cerró los ojos un segundo. La lluvia seguía golpeando el techo. En el cuarto de al lado, Alma lloraba bajito, intentando que ni el dolor hiciera ruido. Y en ese instante, sin darse cuenta, doña Jacinta tomó una decisión por dentro: aquella muchacha no iba a volver al lodo mientras ella tuviera fuerzas para mantenerse de pie.
Cuando Alma regresó a la cocina con el vestido seco, se veía un poco menos perdida. Doña Jacinta le puso enfrente una taza de leche caliente y una rebanada gruesa de pan con mantequilla. La joven sostuvo la taza con las dos manos y bebió despacio. El calor le bajó por la garganta, y entonces las lágrimas empezaron a correrle solas.
—Llorar también calienta —dijo doña Jacinta, acercándole un trapo limpio.
Leave a Comment