Valeria la abrazó sin dudar. Y entonces el salón entero estalló en aplausos. No en aplausos sociales. No en esos aplausos corteses de la gente poderosa. En aplausos de verdad. Fuertes. Conmovidos. Casi desesperados por corregir la vergüenza de lo que había ocurrido antes.
Alejandro bajó de la mesa principal y caminó hacia ellos. Se detuvo frente a Mateo, con los ojos rojos.
—Gracias —dijo con la voz quebrada—. Le devolvió la sonrisa a mi hija.
Mateo negó despacio.
—No, señor. Su sonrisa nunca se fue. Solo necesitaba una razón para volver a mostrarla.
En ese instante, al inclinarse para levantar a Valeria, algo cayó del bolsillo interior de su saco.
Un pañuelo azul con pequeñas flores amarillas.
Alejandro se agachó de inmediato, casi por reflejo. Lo tomó entre sus manos y palideció al ver las iniciales bordadas en una esquina: M. S.
Sus dedos empezaron a temblar.
—No puede ser…
Mateo lo miró, confundido.
—¿Lo conoce?
Alejandro levantó lentamente la vista.
—Este pañuelo era de mi hermano Miguel Salinas.
La frase suspendió el aire otra vez.
Miguel. El mayor de los hermanos Salinas. El hombre cuyo retrato colgaba en la oficina privada de Alejandro. El militar condecorado que había muerto quince años antes en Medio Oriente después de salvar a varios hombres de un vehículo en llamas. Alejandro había pasado más de una década preguntándose si su hermano murió solo. Si sufrió. Si alcanzó a decir algo antes de irse.
Mateo cerró los ojos un segundo, como si una compuerta vieja acabara de abrirse dentro de él.
—Miguel Salinas —repitió en voz baja—. Era mi comandante.
El salón quedó otra vez en silencio.
—Él me sacó de un vehículo incendiado —continuó Mateo—. Yo intenté regresarme por él, pero ya no pude. Antes de morir me dio ese pañuelo. Me pidió que se lo llevara a su familia. Me dijo que no dejara solo a su hermano menor. Nunca supe cómo encontrarlos. Solo sabía su nombre: Miguel.
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