—No lo voy a dejar así —dijo—. Solo lo voy a manejar bien.
Sacó el teléfono. Hizo una llamada breve. Menos de dos minutos.
—¿A quién llamaste? —preguntó otro de sus amigos.
Mateo guardó el celular.
—Invité a alguien a comer.
Diez minutos después llegó Julián Salcedo.
Traje gris impecable, zapatos lustrosos, porte de hombre acostumbrado a que le abran puertas antes de que él toque el picaporte. Era productor de cine, uno de los amigos más cercanos de Mateo desde hacía más de veinte años, y también uno de los clientes favoritos de Monteverde. Ahí había cerrado acuerdos millonarios, celebrado estrenos, llevado ejecutivos y actores. El dueño prácticamente se deshacía en atenciones cada vez que lo veía entrar.
—A ver si entendí —dijo Julián apenas bajó del coche—. ¿Te corrieron por traer jeans?
—Eso parece.
Julián negó con la cabeza, mitad divertido, mitad indignado.
—Bueno. Entonces vamos a almorzar.
Entraron los cinco.
Ahora el restaurante estaba más lleno. Treinta, quizá cuarenta personas. Elías los vio primero y palideció. En la recepción estaba el dueño: Ramiro Delgado. Cincuenta y tantos años, cabello plateado peinado con precisión, camisa a la medida, reloj suizo visible en la muñeca izquierda. Tenía esa elegancia ensayada de los hombres que construyen una identidad como si fuera una armadura.
Levantó la mirada. Primero sonrió al ver a Julián.
—Señor Salcedo, qué gusto—
Entonces vio a Mateo, con los mismos jeans, la misma camiseta, las mismas botas. La sonrisa se congeló.
—Mesa para cinco, por favor —dijo Julián con tono sereno.
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