Ahí fue cuando sentí que la pregunta se me clavó. Él se quedó para esto. Dije, para que podamos hacer esto, caminar, subirnos al coche, irnos. Si nos regresamos, tiramos su sacrificio a la basura. Creo que ahí lo entendió. No porque se calmara, sino porque ya no insistió. Llegamos a la cochera. El guardia de adentro nos vio sorprendido. Ya se van, dijo. Yo no más respondí. Órale, abre. Él ya sabe. No preguntó más. Levantó la cortina metálica. El coche seguía ahí donde lo había dejado, apuntando hacia afuera.
Me dio una ternura rara ver el carro intacto, como si nada pasara mientras allá adentro se estaba jugando la vida. Abrí la puerta del conductor. Le abrí atrás a ella. súbete rápido. Se acomodó esta vez justo detrás de Edini, como si el asiento de al lado estuviera maldito. Yo metí la llave al switch y ese segundo antes de girarla se me hizo eterno. Pensé, si no prende, aquí se acaba todo. Giré, prendió. No sé si fue obra de Dios, del mecánico o de la gasolina buena, pero prendió al primer intento.
Sentí un golpe de aire en el pecho. Metí primera. A partir de aquí ya es otra cosa le dije. Lo de adentro lo tenemos que dejar en manos de él. Salimos de la cochera. El guardia bajó la cortina detrás de nosotros. En el retrovisor vi como el edificio se hacía chiquito mientras avanzábamos. Entonces, por primera vez me cayó el 20 completo. Mario se había puesto voluntariamente en medio de los que venían por sangre con un sobre falso en la mano, no más para que nosotros pudiéramos hacer lo que estábamos haciendo.
Irnos vivos. No era pose, no era película, nadie lo estaba grabando, no había aplausos. Era un hombre tomando la peor parte, sin asegurarse siquiera de que el final fuera a salir bien. Y aunque sus pasos se escuchaban lejos, ahí, en ese volante caliente, supe que ese era el momento en que él dejó de ser solo mi patrón para convertirse en algo más, en lo que la verdad nunca se atrevió a llamarse un héroe que hacía cosas que desde lejos se veían malísimas.
Yo manejaba, pero la cabeza la traía allá atrás en el edificio. Cada que cambiaba de velocidad, sentía como si dejara un pedazo del señor Mario atorado en esa palanca. La muchacha iba callada, pero no, tranquila. Respiraba hondo. De vez en cuando se limpiaba la cara como si quisiera borrar todo lo que había visto. ¿A dónde vamos ahora?, preguntó al fin. Yo también quería saberlo, aunque ya traía la dirección. Me la había dado Mario antes, en una de esas noches donde parecía que hablaba de cosas al aire.
Si algún día te digo que no vuelvas por mí, me había dicho. Agarras a quien traigas y la llevas aquí. No preguntes, no digas nombres, no más toca la puerta y espera. En ese momento no le vi el sentido. Ahora era lo único que tenía. A una casa le respondí a la muchacha. Gente del Señor, Mario te va a recibir. De las que sí ayudan, no de las otras. Ella me miró por el espejo. Y usted, yo vuelvo a mi vida, dije, aunque no me lo creía, o a lo que quede de ella.
Tomé varias calles de más dando rodeos, no por desconfiado de la dirección, sino por costumbre. Cuando alguien te viene siguiendo una vez, te queda la maña para siempre. Veía el retrovisor a cada rato. Esta vez nada, ni el coche del sombrero, ni el otro sin placas, como si se hubieran quedado amarrados al edificio. No sé si eso era buena o mala señal. La dirección nos llevó a una colonia tranquila de casas, viejas, árboles grandes, perros dormidos en la banqueta.
Nada que ver con la tensión que traíamos encima. Nos detuvimos frente a una casa de fachada simple, portón blanco, ventanas con cortinas sencillas, una maceta chueca en la entrada. Apagué el motor y por un segundo me quedé ahí con las manos en el volante sin moverme. “Es aquí”, preguntó ella bajito. “Es aquí”, dije. Nos bajamos. Me temblaban un poco las rodillas, pero caminé. Toqué la puerta con los nudillos una, dos, tres veces. No había timbre. Tardaron en abrir.
Justo cuando yo ya pensaba que tal vez me equivoqué de casa, se oyó la cadena por dentro y la puerta se abrió justo lo necesario para que saliera un ojo. ¿Quién?, preguntó una voz de mujer. Recordé lo que Mario me había dicho. No digas mi nombre si no lo dicen ellos. Primero me mandaron con una persona, dije. Me dijeron que aquí la podían proteger. Silencio. El ojo nos miró primero a mí, luego a la muchacha. Después la puerta se abrió un poco más.
La mujer tendría como cincuent y tantos. Pelo recogido, ropa sencilla, pero mirada firme. No era, señora asustada, era de las que aguantan. Él te mandó, preguntó. No dijo el nombre, pero supe de quién hablaba. Sí, respondí. Me dio esta dirección por si algún día pasaba algo. Asintió una sola vez. Pasen. Entramos. La casa por dentro era normalita. Sala con sillón floreado, mesa con mantelstico, olor a café recién hecho. Había fotos en las paredes, niños, bodas, gente riendo, nada.
Parecía clandestino y sin embargo se sentía algo raro, como si las paredes escucharan. La mujer cerró la puerta y puso la cadena otra vez. Luego se volvió hacia nosotros. “Siéntense”, nos dijo señalando el sillón. La muchacha se dejó caer casi como si no le quedara fuerza. Yo me senté en la orilla sin recargar la espalda, listo para salir corriendo si algo no me gustaba. ¿Cómo se llama ella?, preguntó la mujer. La muchacha abrió la boca, pero yo me adelanté.
No hace falta nombres, dije. Con que sepa que la vienen persiguiendo por papeles. La mujer sonrió apenas. Él te enseñó bien”, dijo. “Los nombres sobran cuando ya hay demasiados papeles.” Se sentó frente a nosotros en una silla. “A ver”, continuó. “Cuéntenme rápido. ¿Lograron llevar el sobre?” “Sí”, dije. El político ese lo agarró, lo revisó. Dijo que era un mapa de todos los que mandan cosas feas. Ella asintió sin sorpresa. Lo es, dijo. Llevamos años tratando de armar algo así, pero siempre faltaba una parte.
Esa muchacha, señaló con la cabeza, trabajó en el lugar justo. Pero dice el señor, intervine, que aunque tengan el papel, mientras ella esté viva, ellos la van a querer callar. Es al revés”, contestó la mujer. “Mientras ella esté viva, el papel vale más, porque no solo son hojas, es testimonio.” Eso es lo que les da miedo. Me quedé pensando en eso. Yo siempre había visto los papeles como lo importante. Nunca había pensado que la persona que los vio pudiera valer todavía más que la evidencia.
La muchacha habló por primera vez desde que nos sentamos. Aquí no me van a encontrar, preguntó. La mujer. La miró con una mezcla de ternura y cansancio. No te voy a mentir, dijo. Si te quieren encontrar, van a buscar hasta por debajo de las piedras, pero aquí no estás sola. Y eso cambia las cosas. se volvió hacia mí y él preguntó, “¿Dónde lo dejaste?” Yo miré al piso, “Arriba, dije, en el edificio. Se quedó con un sobre vacío para entretenerlos.
Nosotros salimos por la bodega.” Ella cerró los ojos un momento, como si le hubieran dado un golpe que ya esperaba, pero que igual dolía. “Claro”, murmuró. “Tenía que hacer eso. Sabía qué iba a pasar, me pregunté. No así con estos detalles, respondió. Pero cuando aceptó ayudarla, sabía que tarde o temprano iban a venir por alguno y él siempre se pone enfente. Me dio coraje. Pues a mí no me gusta. Solté. Uno se viene con la culpa de dejarlo ahí como si lo estuviéramos vendiendo.
Ella me vio serio. Si te hubieras quedado, los tres estarían muertos, dijo. Él no quería eso. Por eso te dio la dirección. Tú cumpliste tu parte. Yo apreté los puños sobre las rodillas. ¿Y ahora qué? Pregunté. Nada más me voy y ya. Hago como que no pasó nada. No, dijo la mujer. Nada de hacer como que no pasó nada. Vas a vivir sabiendo lo que viste y eso ya te cambia, pero tampoco puedes ponerte a jugar al héroe donde no te toca.
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