Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Sentía el volante raro, como si estuviera manejando con guantes mojados. “Entonces, Mario, me animé. Todo esto de las maletas, las vueltas raras es por esto.” Se quedó pensando unos segundos. No todo admitió, pero muchos sí. Hay gente a la que les consigo salida, documentos, dinero para irse. No lo hago solo. Hay más personas metidas en esto, pero no pueden dar la cara. Yo tampoco, pero a veces mi nombre ayuda a abrir puertas. Y si van a usar mi nombre, que sea pa, algo que valga la pena.

La muchacha lo vio con sorpresa, como si no hubiera entendido hasta ahora. quién la estaba ayudando. Cuando llamé al número que me dieron dijo ella, yo no sabía que usted venía. Solo dijeron, va a ir un hombre que no parece peligroso, pero lo es para ellos. Y era usted, Mario sonrió apenas. Para ellos sí, dijo, porque yo sé cosas y no les juego del todo su juego. En ese momento, el coche del sombrero gris se nos pegó un poco más.

Luego, de pronto, cambió de carril y se colocó detrás del otro coche sin placas. Mario lo vio por el espejo y murmuró, “Ya se dieron cuenta que no la traen ellos. Ahora vienen por nosotros. Yo tragué saliva. Ya no era solo una sospecha, no era solo un se me hace que yo ya había visto el papel y la verdad incómoda era clara. El señor Mario estaba metido en cosas muy peligrosas, pero no para robar. ni para extorsionar.

Se estaba metiendo con los que sí hacían eso y nosotros íbamos en medio en un coche que cada vez se sentía más chico. Las luces de la ciudad se sentían más fuertes, como si todo brillara deás. No sé si era la hora o los nervios, pero yo notaba cada poste, cada sombra, cada reflejo en los vidrios de los locales. Detrás de nosotros ya no era solo un coche, ahora eran dos. bien formaditos, como si fuéramos caravana. Nada más que nosotros no queríamos ir juntos.

Mario veía por el retrovisor con esa calma rara que a mí me ponía más nervioso. No corras de más, Julián, me dijo. Si corres, das aviso. Si vas muy lento, te cierran. Mantén el paso como si nada. Como si nada, dijo. Qué fácil. La muchacha iba pegada al asiento con la bolsa abrazada. No lloraba ya. El miedo a veces hace eso, te deja seco. ¿A dónde vamos? Pregunté con la voz un poco más alta de lo normal.

Mario me dio una dirección que no estaba en mi lista mental de lugares normales. Era por una zona donde había edificios viejos de oficinas, casi todos oscuros a esa hora. No era barrio bravo, pero tampoco zona de ricos. Ahí nos esperan dijo. ¿Quiénes? Pregunté. Él no respondió luego luego. Eso nunca es buena señal. Gente que puede usar lo que trae la muchacha sin morirse en el intento. Dijo por fin y que no está tan vendida. Por ahora seguimos avanzando.

Yo trataba de no ver tanto el retrovisor, pero era inevitable. Los coches seguían ahí. No se pegaban demasiado. No nos rebasaban, solo estaban. Eso a veces da más miedo que si ya te cerraron el paso. Al llegar a la zona, Mario me pidió que diera vuelta en una calle angosta. Despacio aquí, Julián, ya casi. Al fondo vimos un edificio gris de varios pisos, con ventanas rectangulares, todas iguales. No tenía letrero afuera, solo una puerta metálica y un foco arriba.

Parecía fábrica abandonada, pero cuando nos acercamos vi que no. Estaba tan muerto. Había un guardia sentado en una silla junto a la puerta. Mario me indicó. Párate aquí, pero con el coche apuntando de salida. Nunca de frente. Hice lo que dijo. El guardia nos miró con cara seria. Cuando vio quién venía atrás, cambió el gesto. Se levantó, hizo una seña con la mano y la puerta se abrió desde adentro. Nos están esperando, murmuró Mario. No bajes a apagar el coche todavía.

Se volteó hacia la muchacha. En cuanto yo abra la puerta, tú te bajas y entras con ellos. No mires atrás. No salgas hasta que te lo digan ahí adentro. ¿Entendido? Ella asintió con la cara blanca. ¿Y usted? Preguntó. Yo voy a ver otra puerta. dijo él con una media sonrisa. Tú no más sigue la tuya. Bajó primero él y luego la muchacha. Yo alcancé a ver que de dentro salió una mujer de traje sencillo, sin maquillaje exagerado, con una carpeta bajo el brazo.

No parecía policía ni secretaria de oficina. Tenía otra presencia como de maestras de antes, serias pero justas. Es ella,” dijo Mario señalando a la muchacha. La mujer la tomó del brazo con cuidado, no con brusquedad. “Ya estás aquí”, le dijo bajo. “Pásale.” Las puertas se cerraron detrás de ellas. Yo me quedé solo. El coche con el motor prendido, el volante caliente y las manos heladas. El coche del sombrero gris no se acercó más. se quedó a media cuadra haciéndose el menso, el otro igual.

Pasaron unos segundos y salió otra persona del edificio. Esta vez un hombre de traje oscuro, corbata floja, cabello, peinado hacia atrás. Lo reconocí de inmediato. Lo había visto en periódicos dando declaraciones sobre limpiar cosas que nunca se limpiaban. Era de esos políticos que uno no sabe si creerles, pero ahí están. se acercó al coche y Mario se volvió a subir. Ahora en el asiento de atrás, el político se quedó afuera asomado por la ventanilla. “Llegaste tarde, Mario”, dijo.

Ya lo solían desde lejos. “Si hubiera llegado más tarde, no llegábamos”, contestó Mario. La traían marcada. El político miró hacia la esquina donde estaban los otros coches. Ya vi, pero aquí no pueden entrar tan fácil. La muchacha ya está adentro, dijo Mario. Bien, asintió el político. Ahora falta lo otro. Mario sacó de su saco el sobre manila doblado. ¿Es esto lo que querías? No. El político lo tomó, lo miró por arriba sin abrirlo todavía y dijo algo que me llamó la atención.

Yo no quería, corrigió. Me lo aventaste encima. Luego lo abrió, sacó los papeles y los revisó rápido. Movía los ojos de un lado a otro, fruncía el ceño, resoplaba de vez en cuando. ¿Te das cuenta de lo que es esto?, preguntó. Me doy una idea, dijo Mario. Esto no es una lista nada más. Esto es un mapa, dijo el hombre. Aquí están conectados todos. empresarios, militares, jueces, jefes de policía. Hasta de mi partido veo nombres y no de los chiquitos.

Se quedó callado un momento, luego me miró. Yo sentí que me atravesaba. ¿Él ya vio? Preguntó señalándome con la cabeza. Solo un pedazo dijo Mario. Lo suficiente para que entienda por qué estamos aquí. El político suspiró. Muy bien, dijo. Esto lo tengo que mover con pinzas. Si lo uso mal, me truena en la cara. Si no lo uso, seguimos igual. Y si se enteran que lo tengo. No terminó la frase, no hacía falta. Lo que me preocupa, añadió, es que esto no es todo.

Si la muchacha vio esto, vio más. Hay más copias. Dije sin pensar. Él me vio con atención. Exacto, confirmó. Y los que están allá afuera lo saben. Por eso no solo quieren el papel, quieren su cabeza. Aunque quemen este sobre, si ella sigue viva, sienten que hay riesgo. Sentí que el piso del coche se hundía. Entonces, ¿de qué sirvió traerlo hasta acá? Pregunté un poco más fuerte de lo que debía. El político me sostuvo la mirada. No era soberbio, estaba cansado.

Sirve, pa, que yo tenga con qué negociar. Dijo p apretar a algunos, pa frenar otros movimientos, pa salvar aunque sea unas cuantas vidas. Esto no cambia el mundo. Pero sí puede cambiar las próximas semanas. Y a veces semanas son la diferencia entre un muerto más o menos. Mario asintió despacio. Con eso me basta. dijo, “Ella ya no está en su lista fácil, por lo menos.” El político cerró el sobre y se lo guardó en el saco. Pero entiéndelo bien, Mario añadió, con esto ya no puedes decir que no más ibas pasando.

Estás dentro y ellos también saben quién eres. Y no me refiero al que cuenta chistes en el cine. Hubo un silencio. Mario se acomodó en el asiento y dijo, “Hace años que sé quiénes son ellos. Ellos también saben quién soy yo. La diferencia es que antes no me metía tanto. Hoy sí, algo tenía que hacer. El político lo miró como quien mira a un loco o a un valiente. “Pues ya lo hiciste”, dijo. “Y ahora yo tengo que hacer lo mío.

Saca a tu chóer de aquí y no regreses por la puerta frontal. Salgan por donde entran los que no existen en los reportes. Se apartó del coche. Mario me tocó el hombro desde atrás. Vámonos, Julián. Arranqué despacio. Di vuelta en una calle lateral que yo ni había visto. Mientras nos alejábamos vi de reojo como los coches que nos seguían seguían estacionados esperando. Todavía no sabían que ya habíamos soltado la bomba. Manejé en silencio unos minutos hasta que no aguanté.

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