Esa misma tarde, un camión en movimiento se detuvo. Los trabajadores comenzaron a descargar muebles de lujo y televisores masivos.
“¿Qué es todo esto?” Preguntó Eleanor, con la voz temblando.
Sophia cruzó los brazos. “Esta casa necesita remodelación. Tus cosas viejas y tu enfermedad arruinan todo. Empaca tus cosas. Te vas hoy”.
Y así, fueron expulsados: enfermos, indefensos y sin nada.
PARTE 2
La noche cayó. El viento frío cortó por las calles vacías.
Richard y Eleanor caminaron durante horas, llevando solo bolsas de plástico con ropa desgastada y la foto de Daniel. Finalmente, encontraron una choza de adobe abandonada, sin puertas, sin ventanas, apenas un techo.
Eso se convirtió en su hogar.
Los días se convirtieron en semanas. Semanas en seis meses de sufrimiento silencioso.
Eleanor comenzó a vender tamales fuera de una fábrica, ganando apenas lo suficiente para la comida. Pero la enfermedad de Richard empeoró.
Una noche, se despertó tosiendo violentamente: sangre cubriéndose las manos.
“¡Tenemos que llamar a Daniel!” Eleanor lloró.
Pero Richard le agarró la muñeca. “No… se gradúa en un mes. Si se entera, lo perderá todo. Puedo soportarlo”.
Ese era el amor de un padre.
A miles de kilómetros de distancia, Daniel sintió que algo andaba mal. Sophia siempre puso excusas para evitar dejar que hablara con sus padres.
Impulsado por el miedo, usó sus últimos $ 300 para volar a casa temprano.
Cuando llegó, su casa se había ido.
En su lugar había una lujosa mansión.
Sophia abrió la puerta, sosteniendo champán, vestido de seda.
“¿Dónde están mis padres?” Daniel lo exigió.
“Se mudaron al campo”, mintió.
Daniel lo supo de inmediato.
Corrió a una tienda cercana propiedad de un viejo amigo de la familia.
“Fueron expulsados hace seis meses”, dijo el hombre. “Viven en las ruinas cerca del río seco”.
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