Parte 2 …

Carmen nunca supo de dónde sacó fuerzas. Con las manos entumecidas por el frío y el miedo, extendió una manta vieja del maletero y, con un esfuerzo que le arrancó un gemido, logró subir a la loba al asiento trasero. El animal apenas reaccionó. Solo su respiración irregular, dolorosa, demostraba que seguía aferrándose a la vida.
Los cachorros los colocó con cuidado en una caja que llevaba para la compra. Los envolvió con una bufanda pequeña que llevaba años guardada en el coche. Era de Daniel. No había podido deshacerse de ella. Ahora esa lana suave cubría a dos vidas diminutas que temblaban.
Arrancó el coche y comenzó a conducir despacio, con los ojos fijos en la carretera cubierta de hielo. Cada pocos segundos miraba por el retrovisor. La loba no intentó levantarse. No mostró los dientes. Solo respiraba, como si cada aliento fuera una batalla.
Con dedos temblorosos llamó a la clínica veterinaria más cercana, en el pueblo a treinta kilómetros. Cuando explicó que llevaba una loba herida, al otro lado hubo silencio. Luego una voz seria respondió:
—Tráigala. Haremos lo posible.
El trayecto fue interminable. El viento sacudía el coche, y Carmen sentía que el destino volvía a ponerla a prueba en esa misma carretera que le había arrebatado a su hijo. En un momento, uno de los cachorros asomó el hocico por la caja y rozó su mano. Carmen sintió un estremecimiento. No era miedo. Era algo parecido a una súplica muda.
Al llegar, dos veterinarios y una auxiliar la estaban esperando. Abrieron la puerta trasera y, al ver la magnitud de las heridas, se movieron con rapidez. La loba fue llevada directamente al quirófano. Los cachorros, a una incubadora improvisada.
Carmen se quedó sola en el pasillo, con manchas de sangre en el abrigo. La luz blanca del hospital le recordó demasiado a otra sala, a otras puertas cerradas, a otras manos intentando salvar a Daniel.
Las horas pasaron lentas. Finalmente, el veterinario salió con el rostro cansado.
—Lo siento. Las lesiones eran demasiado graves.
Carmen cerró los ojos. Por un instante sintió que el mundo se partía otra vez. Pero el hombre continuó:
—Los cachorros están estables. Son fuertes. Tienen posibilidades.
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